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2020 esperanzas

¡Hoy quiero aportar mi pequeño granito de arena a Madrid 2020! Como mucha gente, y otra tanta que no (que respeto profundamente), apoyo la candidatura para la organización de los Juegos Olímpicos, con la esperanza de alcanzar un futuro próspero y armonioso. Como decirlo me parecía poca cosa, he decidido escribir un microrrelato para expresarlo. ¿Y qué mejor que esto para la entrada número 20 del blog? Como siempre, apreciaré vuestras opiniones y comentarios. ¡Espero que lo disfrutéis!

2020 esperanzas

Por fin había llegado, 2020. Bajo el atardecer madrileño y una temperatura más que veraniega, centenares de deportistas habían desfilado representando a sus respectivos países. Era curioso ver cómo todos eran aplaudidos sin excepción, aunque quizás más los integrantes del equipo nacional. En aquel momento, lenguas, culturas y fronteras se desvanecían a favor de una comunión de alegría generalizada, de un sentimiento que trascendía todas las etnias. Allí todos eran personas, daba igual de dónde, las más rápidas, fuertes o hábiles del mundo. Eran un patrimonio de la humanidad, rostros que quedarían perpetuamente inmortalizados por las cámaras y las retinas. Sólo importaba disfrutar del momento y ver quién se alzaba con la victoria. Era la grandeza de los Juegos Olímpicos en estado puro.

Había sido un duro camino que recorrer, en especial en la última década. Después de las dos intentonas fallidas en 2012 y 2016, pocos confiábamos en culminar aquel sueño. En especial, la visión de un país sumido en la miseria y en la laxitud moral invitaban poco al optimismo. No eran pocas las voces que se habían alzado recriminando el enorme gasto que habría que acometer para tener todo dispuesto, a pesar de que muchas de las infraestructuras ya estaban construidas. ¿No hubiese sido aún peor desaprovechar la inversión ya efectuada? Ésta era una cuestión que sólo el tiempo sería capaz de dirimir. No obstante, en aquel momento, sentado en las gradas junto a mi mujer y mi hijo, carecía de sentido preguntárselo; estaba claro que había merecido la pena.

No había sido una travesía fácil, casi equivalente a efectuarla por el desierto. El sueño había arrancado en medio de un país dividido en multitud de facciones, desgarrado por la corrupción y la pobreza. La derecha y la izquierda, grandes engaños del siglo XX, se enzarzaban en luchas sin sentido mientras los nacionalismos afloraban cada vez con más fuerza, imponiendo tesis que iban totalmente en contra de lo que nuestros ojos podían contemplar en aquellos instantes. Apenas tres de cada cuatro personas tenían empleo, al menos registrado, y la salida de aquel túnel se antojaba inalcanzable.

Pero lo habíamos logrado, mal que les pesara a algunos. La llama olímpica, símbolo inextinguible de la fraternidad humana, era la perfecta metáfora de cómo lo habíamos conseguido. Habíamos dejado atrás los rencores y rencillas del pasado, enterrados por fin, en pos de la colaboración y la resolución de los problemas que afectan realmente a la gente; habíamos dejado de atizarnos unos a otros para poder remar en la misma dirección; habíamos instaurado valores de honestidad y solidaridad que parecían abandonados y pisoteados hacía largo tiempo… Y así, no sólo habíamos llegado a aquel momento mágico en el que la antorcha irrumpía en el estadio bajo los atentos ojos de todo el planeta, sino que habíamos asentado los cimientos de un estado próspero y en paz; un estado que sería la punta de lanza del progreso en las generaciones venideras; un estado en el que uno estaba no sólo a gusto viviendo, sino orgulloso de hacerlo.

Aquellos que pensaban que era inútil luchar contra el destino, contra la historia y la idiosincrasia de un país, estaban equivocados. Siempre hay tiempo para cambiar, al menos si se quiere hacerlo de verdad. Todo ciclo tiene su fin, tanto los buenos como los malos. Y en cierto modo, aquella competición era un símbolo de ello. Desde mi asiento en la grada, recordaba a las grandes leyendas del pasado, aquellas que habían batido todas las marcas, que se habían ganado la admiración unánime de todos. Muchas de ellas ya se habían retirado y tantas otras se encontraban en el ocaso de sus carreras. Pero entre todos aquellos deportistas que habían pasado ante el público, habría otros que igualaran sus hazañas e incluso las superaran. Habría nuevos mitos e ídolos, y gente que trataría de derrotarlos con todo su empeño y coraje, jugando siempre limpio, como mandaba el espíritu olímpico. Y ellos serían los nuevos reyes algún día, fruto del esfuerzo y la rectitud.

Sólo restaba una cosa que decir ya: ¡que empiecen los juegos!

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