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Valar Morghulis

¡Hola, queridos lectores! ¿Qué tal va todo? ¡Espero que bien!

Hoy os traigo un fan fiction one shot (con final cerrado) que he escrito para un concurso en Twitter. Trata sobre la saga Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin. Había que escribir sobre tu personaje favorito y, como tengo varios, he escogido a Arya. Advierto que los hechos narrados suceden más allá de Danza de Dragones, el último libro de la heptalogía publicado hasta la fecha. Así que es posible que aquellos que no hayan llegado al menos hasta Festín de Cuervos no lo entiendan bien. aún así, ¡os animo a leerlos! Todos los personajes que se mencionan ya han aparecido en la serie, aunque podéis encontrar cierto spoiler en ello.

De paso os animo a participar en el concurso. Simplemente tenéis que escribir un fan fic one shot de entre 500 y 1500 palabras, y publicarlo con el hashtag #Reto1PersonajeFavorito a través de TwitLonger, una aplicación con la que podéis incluir grandes textos en Twitter. No hay ningún premio material por el momento, ¡pero la experiencia vale la pena! ¡Tenéis hasta el día 31 de enero para participar!

Valar Morghulis

Los cabellos rubios del niño se escurrían entre sus dedos como briznas de hierba llevadas por el viento. Éste reposaba sobre el lecho en completa quietud, con los ojos cerrados, envuelto en las cobijas con las que tanto amor lo había arropado su madre hacía un momento. La luz de la vela sobre la mesilla iluminaba su piel pálida con matices anaranjados, arrancaba destellos dorados de su pelo y proyectaba enormes e inquietantes sombras en todas direcciones. “Me recuerda mucho a él… Tan inocente y bondadoso…”, pensaba para sí, dilatando la decisión.

Su mano abandonó las ondulaciones de oro y retornó hasta su cuerpo, introduciéndose debajo de los ropajes vastos de doncella que portaba. Sus dedos se aventuraron en el valle que conformaban sus senos, pequeños, pero firmes, y agarraron con suma suavidad la empuñadura del arma que reposaba entre ellos. Le pareció que un estruendo rompía la quietud de la noche cuando desenvainó el puñal, pero sabía a la perfección que tan sólo se había tratado de un leve silbido metálico; el sonido de la muerte.

“El dios reclama tu presencia, Tommen de la Casa Baratheon, el primero de tu nombre”. Su brazo descendió como un rayo y el puñal, un destello plateado en medio de la oscuridad, se hundió en el pecho del muchacho de apenas diez años, justo en el corazón. Notó cómo su cuerpo se tensaba repentinamente y sus ojos se abrieron, revelando las esmeraldas que los habitaban. Sus pupilas contraídas se clavaron en el rostro de su asesina. Su gesto era confuso y crispado por el dolor. Ningún sonido pudo salir de su garganta aparte de gemidos ahogados en sangre, a pesar de que su boca trataba de balbucear algo. “¿Mya? ¿Es eso lo que intentas decir?”, trató de adivinar por el movimiento de sus labios. “Claro, no esperabas que la nueva sirvienta que tanto ha jugado con tus gatos y contigo, que tan bien te caía, fuera a ser quien acabara con tu vida”.

—Valar Morghulis —susurró sin piedad mientras el último aliento de vida se le escapaba.

Después de los últimos estertores, extrajo la daga con fuerza. Las mantas se tiñeron inmediatamente de escarlata, del color de la casa del difunto. “Qué irónico”, se dijo, aleteando un amago de sonrisa en su rostro que se esfumó al instante.

Se incorporó del borde del lecho, dejando caer de nuevo las cortinas del dosel, y se acercó hasta la ventana, donde una ráfaga de aire agitó sus cabellos rubios pajizos. Necesitaba despejarse. Alguien que había muerto hacía tiempo había estado a punto de renacer, como si de un ritual de magia de sangre se hubiera tratado. Casi había disfrutado arrebatándole la vida al pequeño, saciado aquella antigua sed de venganza. Pero ya estaba bien; seguía sin ser nadie.

En la noche bañada por la luz de la luna un extraño sentimiento de nostalgia la invadió. En otro tiempo, desde allí habría podido contemplar un sitio al que podría haber llamado “hogar”, la Torre de la Mano. No obstante, ya no estaba allí, sólo sus restos cubiertos de nieve. Había oído que la reina había ordenado quemarla hasta los cimientos. “Eso hubiera sido más propio de Stannis y esa sacerdotisa de R’hllor que le acompaña”, había pensado al llegar a Desembarco del Rey, lo que no dejaba de ser gracioso en cierta medida. Quizás después de aquello, la sombra de lo que fue un día, Arya de la Casa Stark, pudiera descansar en paz por fin.

Escuchó abrirse entonces la puerta tras de sí, pero no se sobresaltó. Se giró lentamente, con total tranquilidad, hasta que pudo ver el rostro sorprendido de Cersei Lannister. “Ella tampoco es quien era”, había observado al entrar a servir en la Fortaleza Roja, con un físico y ánimo muy deteriorados.

—¿¡Qué haces aquí!? —espetó furiosa, pero con cierta inseguridad la reina.

—Servir —replicó ella en tono neutro.

—¿Te ha mandado llamar el rey? —Negó con la cabeza levemente como toda respuesta—. Entonces no estás sirviendo. ¡Tendrás tu justo castigo por esto! —amenazó a viva voz, provocando que Ser Meryn Trant se asomara para comprobar la situación.

—¿Ocurre algo, majestad?

—¡Arrestad a esta impertinente! —ordenó, señalándola con un dedo mientras avanzaba casi atropelladamente hasta el lecho—. ¡Y ya hablaremos vos y yo, Ser! ¡Habéis permitido que una criada entre en mitad de la noche en…! ¡Ah!

El grito desgarrador de la leona hizo que el caballero de la Guardia Real se detuviera, centrando su atención en el rey. “Seguro que no pensaba encontrarlo bañado en sangre”. De nuevo aquella sensación de regocijo le cosquilleaba en el pecho, pero se obligó a mantener la cabeza fría.

—¡Tommen! ¡Tommen! —repetía una y otra vez con alaridos, en medio de una cascada de lágrimas.

Ser Meryn se disponía a retomar la tarea de atraparla, pero ella no le dio la ocasión. Sacó a Aguja de la vaina oculta por la falda del vestido y se la hundió con extrema precisión en el ojo izquierdo, matándolo en el acto. “Primera lección: tienes que clavarla por el extremo puntiagudo. Me alegro de no haberme desprendido de ella”. El caballero cayó a plomo con estrépito metálico debido a su armadura. “Seguro que Syrio te hubiera despachado hace tres años si hubiera tenido una espada de verdad”, se lamentó, volviendo a ser presa de aquellos sentimientos que creía ya olvidados.

La reina se giró temblorosa para contemplar el resultado del brevísimo enfrentamiento. De sus ojos enrojecidos no dejaban de manar más y más lágrimas, pero sus alaridos se habían atenuado en sollozos. Su cuerpo temblaba incontrolablemente. En su cara podía ver dolor y… miedo. “Ya no es una leona; ahora sólo es una gatita asustada, indefensa y acorralada, como las que solía cazar”, pensó, sufriendo la tentación de hundirle la espada que Jon le regaló hacía tanto tiempo en el corazón y vengar así la muerte de todos sus seres queridos.

—¿Quién eres? —“Claro, no reconoce este rostro”—. ¿Por qué haces esto? —inquirió, con más desesperación que autoridad en su voz rota.

—No soy nadie —replicó ella, manteniéndose serena, con la mirada clavada en Cersei—. Tú me quitaste todo lo que era, a mi padre, a mi madre, a mis hermanos… ya no soy nadie —se explayó, haciendo que el llanto se tornara estupefacción y el rostro encendido se le quedara pálido—. Me gustaría decir que lo hago por justicia, por venganza, para veros sufrir a ti y a los tuyos… —“Me encantaría degollarte ahora mismo y hacerme una capa con tu piel…”—; pero no es así. Como te dije al principio, sólo sirvo. —“Valar dohaeris”—. Debisteis pagar las deudas con el Banco de Hierro cuando tuvisteis la ocasión; ahora ya es tarde.

—No puede ser… ¡No te pareces en nada a esa mocosa norteña…! —se resistía a creer, pero Arya negó con la cabeza.

—No soy nadie —repitió, aplacando a la niña Stark que clamaba por la vida de la Lannister.

—Eso ya no importa… ¡Vamos! ¡Mátame de una vez! —exclamó con vehemencia, volviendo a romper a llorar—. ¡Ya no me queda nada! ¡Joffrey, Tommen, Jaime…! ¡Los he perdido a todos!

Un impulso le hizo levantar la espada, pero no llegó a bajarla para arrancarla de este mundo. Por extraño que pareciera, después de odiarla tanto, de repetir su nombre todas las noches deseando que muriera hasta que perdió la costumbre, en aquel momento sentía lástima por la mujer destrozada que se derrumbaba a sus pies, dispuesta para morir sin nada que la atara ya al mundo. “Es como yo; ya no tiene nada”, pensó, y entonces supo qué hacer.

—No he venido a matarte a ti, sólo a tu hijo. —“Ésa es la voluntad del Dios de Muchos rostros. Yo sólo le sirvo”—. Tu vida ya está vacía; quitártela no te arrancaría nada de entre los dedos… Eso ya ha sucedido. Ahora vive si tienes valor o abandona el sufrimiento de este mundo por tu propia mano, si es que eres capaz —concluyó.

Escuchó pasos apresurados en el corredor y supo que los gritos de la reina habían alertado a los guardias de las proximidades. Envainó de nuevo a Aguja y corrió hacia la ventana, por donde había llegado hasta los aposentos del rey. Echó un último vistazo atrás, al despojo humano que dejaba a su espalda, y supo que por fin sus muertos podrían descansar en paz, incluida aquella niña llamada Arya Stark…

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