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El calor del corazón #Reto2SanValentín

¡Hola, queridos lectores!

Hoy os traigo el que será mi relato fan fic one shot para el segundo reto de El Repertorio de Marillion. La temática del mismo es, como no podía ser de otra forma ahora que se acerca, San Valentín; romanticismo por los cuatro costados. Ya sabéis: si no os van estas cosas, mejor dejad de leer ahora antes de que empecéis a vomitar y os tengan que llevar a urgencias.

El relato está basado en la pareja entre Robb Stark y Jeyne Westerling. Los fans de la serie que no hayan leído los libros, no tendrán ni idea de quién es esa chica. Pero no es porque no haya salido aún en la serie, es porque dicho personaje fue sustituido por una curandera extranjera llamada Talisa Maegyr, con la que se casa y... Bueno, mejor no desvelar cómo acaba la cosa, por si acaso alguno aún no lo ha visto.

Pues nada más. ¡Que lo disfrutéis! Y como siempre, os animo a dejar vuestros comentarios e impresiones, además de participar en estos divertidos retos.

El calor del corazón

“¡Muertos…!” No podía pensar otra cosa. “¡Bran! ¡Rickon! ¿Ya nunca volveré a veros? ¡Y todo por mi culpa!” El crepitar de las llamas sólo podía atenuar los sollozos de Robb, que estaba a solas en sus aposentos provisionales. Viento Gris lo observaba en silencio desde los pies de la cama, con gesto pesaroso. El huargo emitía de vez en cuando algún gemido ahogado, como si también llorara la pérdida. Tal vez sentía que sus hermanos, Verano y Peludo, tampoco estaban ya. Había oído muchas historias de la Vieja Tata, cuentos que seguramente eran falsos, pero, ¿hasta qué punto? Él mismo había comprobado la conexión que tenía con su lobo; quizás también lo estuviera con sus hermanos.

En cualquier caso, eso daba igual. Estaba hundido. Debía haber hecho caso a su madre cuando le advirtió acerca de Theon y Balon Greyjoy. Había confiado en él como en otro de sus hermanos; le había encomendado la tarea más importante de todas las que había asignado a sus capitanes… y le había traicionado. Aquella rata miserable no sólo se había limitado a marcharse a su casa, a las Islas del Hierro, sin convencer a su padre de que le prestara ayuda contra los Lannister; el muy mal nacido había aprovechado su información para atacar el Norte mientras estaba desguarnecido, incluso tomar Invernalia. Todo eso era propio de una sabandija, la única palabra que se podía aplicar a alguien tan ruin. Pero nunca llegó a pensar que fuera tan desalmado como para asesinar a los niños con los que se había criado desde los diez años. ¿Es que para él no eran como hermanos? ¿Todo aquel tiempo había estado esperando el momento oportuno? ¿Acaso aquella vez en el bosque, cuando los salvajes asaltaron a Bran y la situación era crítica, la verdadera intención de Theon era atravesar también con aquella flecha a Bran? ¿Quizás provocar que el tipo le degollara? No podía creerlo. Era demasiado frío y despiadado hasta para el más pérfido de los Lannister.

“Madre…” pensó, preguntándose si habría vuelto ya a Aguasdulces de su misión en el sur, de la entrevista con Renly que, al final, parecía no haber servido de nada. Hasta allí había llegado la nueva de la muerte de uno de los cinco reyes, a manos de uno de sus guardaespaldas al parecer. “¿Cómo estará? Mal, seguro… y no estoy allí para consolarla; no está aquí para consolarme… Aunque no hay consuelo que valga”, se dijo.

Tan ensimismado estaba en su tristeza que no se percató de cómo Viento Gris miraba en dirección a la puerta primero y luego gruñía de manera sorda. Sólo unas voces en el exterior, las de los guardias que custodiaban los aposentos, pudieron sacarle de aquel pozo oscuro en el que había caído. Se dio cuenta de que apenas podía respirar y de que los ojos le picaban mucho. Se limpió las lágrimas de la mejilla y las cuencas con el dorso de la mano y tomó el pañuelo, con un huargo gris bordado, del bolsillo de su jubón. Se sonó la nariz, enrojecida por el llanto, y volvió a prestar atención al exterior, donde parecía haber revuelo.

Se incorporó de su posición fetal, tumbado sobre las mantas, y se acercó hasta la puerta para escuchar mejor. Los centinelas mantenían una acalorada discusión con alguien, diciéndole que el rey había dado órdenes estrictas para que nadie le perturbara. Aquello era bien cierto, recordaba haber dicho algo así antes de derrumbarse en la intimidad de su cuarto. No obstante, la persona debía de seguir insistiendo, pues el altercado no se sofocaba. Decidió tomar cartas en el asunto. Giró el pomo de bronce de la puerta y la entreabrió, pudiendo ver la escena entonces.

“¡Jeyne!” se sorprendió, pues no esperaba recibir su visita en aquel momento. La joven Westerling había estado visitándole a diario, cuidando de las heridas que había recibido durante el asalto a su propia fortaleza, el Risco. Había agradecido su compañía y sus atenciones, pero siempre había creído que en el fondo sólo lo hacía para contentar al invasor y evitar males mayores.

—Pero… ¡tengo que verle! —protestaba enérgicamente, sin darse cuenta de la rendija que quedaba ahora entre las dos hojas de la puerta, abierta en medio del calor de la disputa.

—¡Imposible! ¡Su majestad ha dicho…! —replicaba un soldado norteño.

—Ha dicho que pase —terminó él la frase con voz autoritaria, aunque algo nasal por los sollozos.

Los tres se quedaron mudos al instante. Pudo ver cómo los ojos de la chica se abrían como platos, sorprendida por su intervención. Los guardias en cambio disimulaban mejor su estupor, limitándose a mirar de reojo a su espalda con gesto ambiguo. Tiró del pomo y le franqueó el paso a la muchacha, haciendo los hombres lo propio, apartándose a un lado. Ella tardó un instante en reaccionar, pero al final se internó en la estancia y Robb cerró tras ella.

Observó sus movimientos, algo torpes, pasos cortos y sin destino claro. Tenía nublado el juicio por la pena, pero aún en ese estado podía advertir que su única meta había sido llegar hasta allí; ahora no sabía qué hacer ni qué decir. Un arrebato pasional digno de mención y que, en cierto modo, le reconfortaba. Seguramente la presencia de Viento Gris, que mantenía los ojos clavados en ella, no ayudaría demasiado. Sabía que tenía miedo del huargo, aunque fuera inofensivo, al menos para quienes no quisieran provocarle ningún mal. Recorría la habitación con la mirada en busca de una salida a aquel embrollo en que se había metido, pero era incapaz de hallarla.

—Tomad asiento si os place —dijo, sabiendo que el único lugar apropiado para tal fin era la cama sobre la que había estado sollozando hasta hacía un momento.

La muchacha se aferró a aquella cuerda con todas sus fuerzas y, tras un escueto asentimiento, se posó sobre el borde del colchón de plumas, perdiendo luego la vista en el suelo alfombrado, iluminado cambiantemente por las llamas de la chimenea. Robb se acercó con paso lento y pesado. Se detuvo a medio camino para acariciar la cabeza de su huargo, que la bajó de inmediato, dando por finalizado la posible amenaza. Luego continuó hasta el lecho y se sentó junto a Jeyne, dejando un margen entre ellos para no incomodarla más. Sus ojos también recorrieron la estancia, como si buscaran la respuesta al por qué de tanto dolor. Igual que ella, no la encontró.

—Lo… lo siento, mi señor —oyó salir débilmente de entre sus labios, vencedores por fin ante la vergüenza—. I-imagino lo mucho que significaban vuestros hermanos para vos y vuestra madre…

—Gracias —se limitó a responder. No estaba de humor para grandes elocuencias.

—Si puedo hacer algo por vos… —se ofreció con gesto compungido.

Robb elevó la vista y la centró en su bonito rostro en forma de corazón, ensombrecido por la pena, en sus ojos castaños, que brillaban conteniendo las lágrimas. Los suyos, azules y puros, se habían enrojecido de tanto llorar, pero aún veían con claridad la sinceridad en los de ella. Por fin negó con la cabeza, cerrando los párpados con aflicción.

—Lo único que desearía es poder volver a estrechar a mis hermanos entre mis brazos, verlos corretear otra vez por las galerías de Invernalia… Mas no tenéis el poder de hacerlo —replicó.

—Ojalá lo poseyera —lamentó.

—Sí, ojalá…

Se hizo de nuevo el silencio. Sólo la respiración del enorme lobo de pelaje gris y el crepitar de las llamas en la hoguera rompían el mutismo. La joven no sabía qué decir para consolar la pérdida que había sufrido, eso estaba claro. En cuanto a él, las palabras se le ahogaban en la garganta. Pero era el rey, debía sobreponerse a todo aquello. Había recibido un gesto más que cortés por parte de ella y tenía que estar a la altura de las circunstancias. Quiso darle su gratitud, pero fueron cosas muy distintas las que brotaron de sus labios.

—Cuando los Lannister ejecutaron a mi padre, sólo pensaba en vengarme de ellos. Quería matarlos a todos, que no quedara ni uno vivo o sin tormento. Eso me dio fuerzas para seguir la lucha, para no rendirme y llegar hasta aquí, poniendo en jaque a mis enemigos —comenzó, manteniendo un tono firme a pesar de que la voz se le quebrara a veces—. Pero aún no he conseguido nada, sólo acabar con un pariente relativamente lejano de Joffrey en Cruce de Bueyes; ellos siguen teniendo a mis hermanas cautivas y yo al Matarreyes; Tywin Lannister resiste a pesar de todos los reveses que le asesto; y mi padre no volverá por mucho que combata, por muchos hombres que mate…

Una lágrima resbaló por su mejilla, incapaz de retenerla. Instintivamente, Jeyne la recogió con el dorso de la mano y su caricia le resultó cálida, reconfortante, algo que le recordaba que no estaba solo en aquello, que había mucha gente detrás de él, sosteniendo sus estandartes. Debía mantenerse fuerte por todos ellos, por la causa justa por la que daban su vida. Miró a la muchacha y se dio cuenta de que se había ruborizado. Había realizado aquel movimiento sin pensar y ahora parecía arrepentida de su atrevimiento. Le tomó la mano y, sobresaltada, clavó su mirada en él, con una cuestión muda en los labios.

—No os sintáis mal por eso. Os agradezco el consuelo que me dispensáis.

—Yo… —Enrojeció aún más si cabía, desviando la mirada hacia su regazo, donde permanecían las manos unidas—. Yo sólo deseaba Transmitiros mi pesar y tratar de mitigar vuestro dolor…

—Una noble intención —aseguró, estrechando sus dedos con los suyos y dibujando una tenue sonrisa, lo máximo que le permitía la tristeza—. Quisiera recuperar a mis hermanos, pero soy consciente de que es imposible. Sólo puedo rezar para que los Dioses los acojan en su seno. Después acabaré con esa rata traidora de Theon… —concluyó, destilando odio, ira y dolor en cada sílaba, por sus ojos azules, fríos como el hielo, por cada poro de su piel.

—Puede que eso no os devuelva a vuestros seres queridos, mi señor, pero sin duda haréis justicia ante los hombres y los Siete —repuso ella, aceptando el tacto de Robb y relajándose un poco.

—La mayor justicia sería que continuaran con vida —contestó, suspirando, intentando expulsar aquella presión que le atenazaba el pecho—, pero tendremos que conformarnos con la que nos permitan los dioses. Espero poder cortar la cabeza de los Lannister y los Greyjoy con mis propias manos.

De nuevo silencio, pero esta vez no fue tan tenso como la anterior. Jeyne giró la mano que aún mantenía aferrada con la suya y le devolvió las caricias. ¿Cuándo había empezado a acariciársela? Ni siquiera se había dado cuenta, lo había hecho de manera inconsciente. En cualquier caso, agradecía el contacto en aquel momento, pues era lo único que parecía mantenerle unido al mundo en lugar de sumirse en un pozo de tinieblas.

—Desde que llegasteis aquí, incluido el día del asalto —comenzó la chica, mirándole al rostro—, siempre he visto en vos una nobleza digna de un rey; no del rey Robert, cuyo aspecto es más similar al de un borracho de taberna que al de un monarca, sino uno de esos reyes antiguos, con ese aura especial que empuja a los caballeros a seguirlos hasta el fin del mundo… Sé que si juráis vengar la muerte de vuestros seres queridos, lo cumpliréis o moriréis en el intento.

—¿Y si es lo segundo? —inquirió.

—Entonces lloraré vuestra muerte —respondió sin vacilar.

Una sonrisa triste se dibujó en los labios de Robb. Aquella chica lograba enternecerle en un momento en que su corazón se había convertido en un témpano de hielo, más frío y duro que el mismísimo Muro. Ella era capaz de traspasar aquella piedra que ahora se alojaba en su pecho y hacerle revivir sentimientos más allá de la desolación. A su memoria venían todos esos días en que ella le había proporcionado cuidados y compañía durante su convalecencia por las heridas sufridas en el asalto al Risco. Siempre se preocupaba por él. No dudaba de que derramaría muchas lágrimas en su memoria.

—Bran… —empezó, al hilo de sus palabras— siempre quiso ser un bravo caballero. Soñaba con todas esas historias que le contaba la Vieja Tata. Se parecía a tu hermano. Seguro que habrían sido buenos amigos —repuso, viendo en rollam un vivo reflejo—. Pero primero los Lannister lo dejaron tullido y ahora… —musitó. Las caricias de la chica se hicieron más nítidas, reforzando su agarre—. Y en cuanto a Rickon… él ni siquiera ha vivido lo suficiente como para saber qué quería ser. Aún lo veo caminando con torpeza a la entrada del banquete…

Los recuerdos acudían a su mente como un caudal desatado, un torrente de imágenes, voces y sensaciones que socavaban la poca resistencia que había logrado mantener. La idea de no volver a verlos nunca se le antojaba insoportable. “¿Qué culpa tenían ellos, Theon? ¿Por qué has tenido que matarlos? ¿Para que todos viéramos quién eres realmente, un asesino?”

—Os comprendo, mi señor —dijo Jeyne, sacándole de su ensimismamiento con suaves caricias a lo largo del antebrazo con la otra mano—. Si algo tan terrible les sucediera a mis hermanos pequeños… No sabría qué hacer —añadió—. Pondré velas en el septo para orar por sus espíritus.

—Sois muy amable, mi señora —replicó, esnifando y esforzándose por no derramar más lágrimas.

—Espero que no tengáis que sufrir más pérdidas tan dolorosas como éstas en lo que resta de la guerra.

—Me temo que eso es imprevisible en una situación así… —repuso, aunque en el fondo quería abrazar aquellas palabras.

Se quedaron callados una vez más. En esta ocasión, viento Gris se incorporó de la alfombra y se sacudió con cierta virulencia, gruñendo. Luego empezó a pasearse intranquilo por el cuarto, como si no estuviera cómodo. Finalmente se dirigió a la puerta, la cual rascó con una de las zarpas delanteras.

—Parece que quiere salir a dar una vuelta —comentó Robb, levantándose de su sitio y librándose grácilmente del agarre de la joven.

—Yo también debería irme ya. He cumplido con mi propósito —repuso ella.

—Haced como gustéis, mi señora, mas… —Dejó la frase sin terminar mientras abría la puerta al huargo para que pudiera vagar libremente por los pasillos. Estaba bien educado y no temía que ocurriera ningún altercado.

—¿Mas qué?

—Me gustaría que os quedaseis un poco más. Vuestra presencia me reconforta —concluyó después de haber cerrado.

Al mirarla, pudo ver que Jeyne se había crispado de repente. Se había quedado más rígida que una piedra y tenía el rostro encendido. Sus manos arrugaban con fuerza la parte alta de la falda, que reposaba en su regazo, y mordía su labio inferior con la vista clavada en el fuego de la hoguera. Se acercó a ella despacio y aquello la sacó de su trance, pues todos sus gestos se relajaron bastante.

—¿E-estáis seguro de eso, mi señor? —musitó dubitativamente.

—Por completo, mi señora —replicó sin vacilar.

Se sentó de nuevo a su lado, pero ya no retomaron la postura anterior. Sus manos estaban alejadas ahora, cada una en su territorio, y el silencio volvía a ser tenso, capaz de cortarse con un cuchillo. Robb resopló, hastiado por las cargas que no dejaban de aumentar sobre sus hombros.

—Esta corona no es tan fastuosa como otras, pero pesa mucho sobre las sienes —repuso, mirando de reojo al objeto que reposaba sobre una mesita, cerca del cabecero de la cama.

—Podríais mandar aligerarla a un orfebre —sugirió con inocencia, arrancándole una sonrisa de los labios.

—Me temo que eso no daría resultado. Lo que pesan son sus cargas; tengo que soportar un reino sobre mi cabeza, así como la muerte de mi padre y mis hermanos… y de cientos de hombres que luchan en mi nombre. No creo que haya orfebre capaz de cambiar eso.

—Lo lamento mucho —dijo con el rostro compungido—. Siempre os había visto como un rey honorable y valiente, como alguien a quien admirar. Pero olvidaba que sois tan joven como yo y todas las desdichas que os han llevado a portar esa corona. No hay reino ni gloria que compense tanto sufrimiento —se explicó, posando una mano sobre la del chico, retomando así su intento de consuelo.

—Sí, ojalá pudiera seguir siendo sólo el heredero de Invernalia, jugar con mis hermanos en la nieve, acompañar a mi padre en sus audiencias y reuniones, y estudiar con el maestre Luwin historia, escritura, cuentas… —Notó cómo la mano de la muchacha se deslizaba a lo largo de su brazo, hasta el hombro. Ladeó la cabeza para mirarle el rostro.

—Temo ser egoísta, mi señor, porque yo no desearía tal cosa —contestó en un tono ambiguo, entre triste y confidencial.

—¿Por qué motivo? —inquirió, poniéndose alerta de inmediato.

¿Era todo una trampa? ¿Sería en realidad una lacaya de los Lannister? ¿Habría esperado a quedarse a solas con él, sin Viento Gris delante, para sacar un puñal del vestido y atravesarle el pecho? Un millón de preguntas se agolpaban de pronto en la mente de Robb y, quizás por eso, no vio venir el golpe directo a su corazón.

La chica se acercó de improviso y fundió los labios con los suyos, en un tierno y dulce beso, el primero que había recibido en toda su vida. El rostro de Robb se ruborizó, pero no perdió de vista la posibilidad de que lo próximo que notara fuera el frío acero cortando su piel, a pesar de lo aparentemente real que había sido aquel gesto. Pero en su lugar, fueron los dedos de su mano los que acariciaron los cabellos rojizos de Aguasdulces con cariño, dejándole aún más confuso.

—Porque… si no… no os habría conocido… —dijo en un susurro que abandonó sus labios con sigilo, antes de que volvieran a beber del amor que sentía por él… que era correspondido…

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