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El último campo: 002 - El viajero estelar

¡Hola, queridos lectores!

Hoy os traigo el segundo relato del serial El último campo. Ya aviso que no es muy largo, pero se explican algunas cosas importantes de la Tierra entre los Grandes Abismos. No os preocupéis si os sabe a poco, porque el próximo será más largo. ¡Espero que os guste! Como siempre, podéis dejar vuestros comentarios. ¡Y no olvidéis compartirlo con vuestros amigos!

Los e-books serán actualizados en breve y el audiolibro del episodio se incluirá también dentro de poco. Podéis encontrarlos en la biblioteca, ya lo sabéis.

El viajero estelar

Era una noche tranquila, el cielo estaba despejado y las estrellas relucían como piedras preciosas incrustadas en la bóveda celeste. Apenas había nubes, de modo que podía verse a lo largo de leguas y leguas de distancia desde aquella altura. La luna apenas era una tenue franja reluciente, de modo que la poca luz que tenía era la de los faroles de cristal alquímico. Una extensión oscura que parecía casi infinita se extendía allí abajo, a miles de pies. De vez en cuando, atisbaba un pequeño destello procedente de alguna hoguera, pero por lo demás, el terreno era totalmente inescrutable. Sabía que se encontraban sobre las Llanuras Verdes del Ocaso, pero poco más podía decir de su posición. A estribor, bastante alejados de allí, podía apreciar los constantes centelleos del Pico de los rayos, lugar donde se hallaban confinadas las dos diosas desde hacía eras.

Kilian, Kily para los amigos, se retiró un poco de la borda de la barcaza estelar al notar que una ráfaga de viento más fuerte de lo normal hacía que el transporte volador se balanceara. No es que fuera asustadizo, pero caer desde tanta altura era bastante arriesgado, incluso para el pueblo de los elegidos. Todavía le quedaban más de ciento cincuenta años por vivir, y eso si Esterea no le era favorable, de modo que acabar sus días como una mancha informe estrellada en medio del paisaje le parecía absurdo.

Se trataba de un chico pelirrojo, de cabello corto y algo rizado. Sus grandes ojos tenían el iris anaranjado y poseía una nariz algo respingona. Su rostro era redondeado, como el del resto de los suyos, y siempre parecía adoptar una expresión de curiosidad. Sin duda, era más intrépido que la norma, aunque sus mayores solían decir que lo que poseía era una temeridad impropia de su linaje. Prueba de ello era que, apenas habiendo cumplido los quince años, ya se había enrolado en su primer viaje al exterior; habían pasado otros tantos desde aquello y ahora poseía más experiencia, pero seguían considerándole demasiado impetuoso.

Como los de su raza, alcanzaba el metro de estatura apenas, poseyendo un cuerpo no muy fuerte físicamente. Sin embargo, a ellos no les hacía falta el característico vigor de los humanos para nada. Disponían de artes y habilidades que suplían con creces aquella diferencia, aptitudes que, hasta entonces, ningún otro nacido sobre la tierra entre los Grandes Abismos había demostrado.

Vestía a la usanza de los marineros estelares, con una camisa de algodón inmaculada, cerrada por unos cordeles a lo largo del torso, y unos pantalones de tela anchos y escarlatas, a juego con su cabello. Éstos estaban ceñidos a su cintura por una correa confeccionada con eslabones hexagonales de plata, que combinaba con los brazaletes que portaba, del mismo material. Éstos hacían la forma de unas pequeñas alas de halcón, símbolo predilecto de los elegidos viajeros. Calzaba botas marrones de piel bien cuidadas, con el detalle de tener adosados en los flancos exteriores unos plumajes blancos, también típicos entre los del gremio.

Kily se giró hacia el interior de la barcaza y comprobó que todo seguía igual. El capitán Merian seguía al timón de la nave, intentando tomar las mejores corrientes de viento, que a aquella altitud podía resultar bastante más complicado que en tierra. No sólo había que tener en cuenta las horizontales, sino también las verticales, así como las bolsas calientes y frías de aire. La navegación estelar era un arte que los elegidos habían perfeccionado a través de milenios, hasta conseguir surcar los cielos de toda la tierra entre los Grandes Abismos con total libertad y garantías de éxito. Algunos, como Ronien el temerario, incluso habían intentado ir más allá, pero nadie que se hubiera aventurado en los Grandes Abismos había conseguido volver. Daba igual lo sofisticada que fuera la embarcación y la pericia de sus tripulantes, no había forma de mantenerse a flote en aquel lugar. Simplemente, se trataba del fin del mundo, la frontera que les estaba vedada a los pobladores de aquella tierra.

Las barcazas estelares eran bastante semejantes en morfología a sus homónimas marinas, aunque tenían algunas diferencias. La más obvia eran las velas laterales, extendidas a modo de alas con el único objetivo de aprovechar las corrientes ascendentes y descendentes. Como su compañera del mástil principal, podían ser recolocadas por los tripulantes según las necesidades que tuvieran, ofreciendo resistencia o no al viento, e incluso ser plegadas cuando no se requería su uso. Todas eran manejadas desde el puente de mando, a través del timón y algunas palancas, pues un sistema igual al marino sería ineficaz para surcar el aire. La otra diferencia más significativa en cuanto a morfología era que el casco era totalmente plano en su parte más baja, pues necesitaban de ello para poder tomar tierra y que la nave no volcara. En lo demás, eran muy parecidas.

El principal motivo por el que otras razas como los humanos no habían conseguido construir aquellos ingenios voladores era su falta de sensibilidad al último campo. Era cierto que había casos de humanos y otros seres que habían logrado manipular aquella fuerza de la naturaleza, pero sólo como receptáculos del poder de las diosas. Los elegidos, o los infantes, como los llamaban los orientales, podían hacerlo sin necesidad de intervención divina, adquiriendo facultades que el resto de seres sólo alcanzaban a soñar. Una de ellas era la capacidad de hacer levitar las cosas y a uno mismo, principio básico por el que las barcazas estelares lograban volar, además de estar construidas con una liviandad asombrosa. El único cometido de todas aquellas velas era ahorrar esfuerzos a los tripulantes, pues ejercer influencia sobre el último campo requería un gran esfuerzo mental. Para que un viaje fuera seguro, cuatro de los pasajeros debían permanecer en trance de forma continua, único modo de sostener un objeto de semejante envergadura. Para aliviar el trabajo, los tripulantes se iban turnando, pudiendo descansar lo suficiente como para recuperarse mentalmente. En aquellos mismos instantes, cuatro compañeros de Kily se hallaban en las bodegas, encerrados en una sala donde ningún estímulo externo les llegaba, cosa que les facilitaba la concentración.

—Todo tranquilo, capitán —informó, haciendo que el rubio de ojos violetas lo mirara desde arriba.

—Hemos tenido suerte. Parece que vamos a llegar sin contratiempos a oriente —replicó con cierta alegría—. Debe de ser uno de los pocos viajes en los que no me habré encontrado con alguna tormenta inesperada.

—¡No sea usted cenizo, capitán! ¡No quisiera tener que volver a pasar por lo del Cabo Norte! —exclamó, recordando una de sus más complicadas travesías en la que casi no lo cuenta.

—¡Tranquilo, Kily! Parece mentira que lleves ya quince años en esto —dijo con algo de sorna el centenario marinero estelar, con una sonrisa jovial y lozana, tanto como hubiera sido la del propio Kily.

Una de las cualidades más llamativas de los infantes, además de su notable longevidad y su dominio del último campo, era el hecho de que se mantenían jóvenes hasta el día de su muerte. Alcanzaban la plena madurez a los diez años y permanecían incorruptibles hasta que su tiempo en la tierra expiraba. Por aquello, además de su escasa estatura, eran conocidos por el resto de pueblos como “los infantes”, “los eternos”, “los mocosos” (esto con clara intención despectiva) y muchos otros apelativos cariñosos; algunos, no tanto. Así, la experiencia era algo fundamental en su sociedad, pues junto a su crecimiento, no se producía ninguna disminución de sus demás capacidades, de modo que sólo podían progresar en algo.

El pelirrojo volvió a asomarse a la oscuridad, intentando divisar aquellos diminutos puntos de luz como si de un entretenimiento se tratara. Era la única distracción que podía encontrar en las noches que le tocaba guardia y no sucedía nada fuera de lo habitual, que era casi siempre. El resto de sus compañeros se hallarían en aquel momento leyendo o jugando a algo, distrayendo su mente para hacer más llevadera la travesía. Y es que, otro aspecto muy llamativo de los de su raza era que no necesitaban dormir. Lo más parecido para ellos era relajarse con alguna actividad lúdica, cosa que les era más que suficiente para recuperar las fuerzas. El único momento en que se hacían ajenos a su alrededor era cuando entraban en trance, pero no se parecía en nada a un sueño reparador, pues ya se ha mencionado que sólo lo hacían como parte de la concentración necesaria para manipular en profundidad el último campo; era más bien agotador.

De repente, algo llamó su atención. Por el rabillo del ojo, vio una extraña aurora brillante a babor. Giró la cabeza hacia allí y, de inmediato, supo que no se trataba de un fenómeno natural. Era cierto que en esa dirección, al norte, se formaban en ocasiones aquellos fenómenos luminiscentes, así como al sur, muy al sur. Sin embargo, aquellas luces multicolor no se encontraban sobre ellos, en el cielo, sino más abajo, quizás sólo a unas decenas de metros sobre la tierra. Era difícil de decir; estaba bastante lejos y no abarcaba mucho terreno, de forma que podría ser cualquier cosa. Además, al no poder apreciar la línea del horizonte con claridad, era bastante complicado de discernir, más aún estando deslumbrado por el propio fenómeno.

—¡Capitán! —alertó, con una expresión preocupada en el rostro, pues nunca había visto nada como aquello en sus muchos viajes. Extendió el brazo señalando hacia allí—: ¿Qué demonios puede ser eso?

Mery dirigió su vista experta y sagaz hacia babor, entrecerrando los ojos con gesto intrigado. Si Kily llevaba ya muchos años viajando, aquel halcón de cielo multiplicaba varias veces su experiencia. ¿Era posible que él tampoco supiera de qué se trataba? Le resultaba increíble, totalmente imposible que nunca hubiera presenciado un fenómeno de aquellas características. Aunque la verdad era que en los libros de navegación que había leído hasta la fecha, no había referencia alguna a algo semejante. Aquel silencio por parte del capitán de la nave lo intranquilizaba, aunque, si su vista no le engañaba, fuera lo que fuera, estaba muy, muy lejos, a leguas y leguas de distancia. Sólo era visible gracias a la altitud a la que surcaban el aire. No tenían nada que temer, aún tratándose de una tormenta con fuerte aparato eléctrico. Su mente se decantó por aquella opción, a pesar de que nunca había visto nubes tan activas como para generar aquel brillo, exceptuando, claro está, las que envolvían el Pico de los Rayos.

—No tengo ni idea de lo que es —sentenció Mery, negando con la cabeza, aún con la vista clavada en el horizonte—. Pero sea lo que sea, parece que está sobre las tierras del Cañón Brecha —observó.

El pelirrojo arqueó una ceja, sorprendido por el dato que aportaba su capitán. Elevó la cabeza hacia las estrellas y buscó las constelaciones de referencia por las que se guiaban. Sólo le hizo falta un rápido vistazo para determinar la dirección exacta en la que navegaban y supo que el otro llevaba razón. Aquella extraña aurora estaba al noreste, sobre las tierras rojas que circundaban el Cañón Brecha. Sierra Glaciar, donde solían formarse aquellos fenómenos, quedaba más al oeste, siendo una región aún más septentrional. Era imposible que se tratara de una aurora boreal. ¿Sería entonces una nube de tormenta, como había supuesto?

De repente, la luz se extinguió, quedando sólo oscuridad. Durante un momento, reinó la calma; pero en pocos segundos, Kily notó una gran perturbación en el último campo, una profunda alteración procedente del mismo lugar donde hasta hacía un instante se encontraba aquella cosa, lo que quiera que fuera. Teniendo en cuenta que el pelirrojo había abandonado sus estudios sobre el campo y sus aplicaciones, para embarcarse en aquellos viajes a una edad muy temprana, debía ser algo muy potente para que pudiera percibirlo estando a tantísima distancia. Se giró asustado, buscando la figura del capitán, pero éste estaba tan conmocionado como él mismo.

—¡Capitán! ¿Qué…? —exclamó nervioso, pero no llegó a acabar la frase.

Una gran sacudida hizo que el infante cayera sobre la madera, golpeándose duramente el costado. Apretó los dientes y frunció el ceño, llevándose la mano a la zona dolorida. Pronto aquella preocupación fue una minucia, pues sintió cómo el suelo se inclinaba, haciendo que se deslizara hacia la borda. ¿Qué estaba pasando? ¡Estaban cayendo! Con los ojos como platos, se aferró a la baranda que protegía el borde de la cubierta y se esforzó por no ceder a la gravedad, permaneciendo dentro de la mínima seguridad que ella ofrecía en aquel momento. En cuanto logró recomponerse, vio cómo un bulto pasaba a escasos metros de él, adelantándose al resto de la barcaza en su precipitado. Un reflejo dorado y no ver a Mery al girar la cabeza hacia el puente, le dio total seguridad de que se trataba del capitán.

—¡Señor! —gritó, aunque su voz era acallada por el tremendo rugido del aire, que parecía un vendaval que surgiera desde la tierra.

¿Por qué no levitaba?  Ya lo había perdido de vista. Aquel viejo halcón de cielo era tan hábil usando el campo como el más torpe de los elegidos. ¿Por qué no lo usaba entonces para salvarse de aquella caída? La última vez que lo había visto en condiciones, no había perdido la consciencia ni nada parecido. Pero pronto halló la respuesta a aquel misterio. Era por el mismo motivo que la nave se estaba aproximando cada vez a mayor velocidad al suelo. No podían manipular el último campo. Se dio cuenta en el mismo momento en que él trató de hacerlo para deslizarse hasta un lugar más seguro, y fue totalmente incapaz.

—¿Q-qué está pasando…? —balbuceó, aunque no había nadie a su alrededor.

El único motivo por el que no caían a plomo era porque la vela principal ofrecía resistencia al aire ascendente, frenando ligeramente la inexorable cercanía de aquella negrura. Pero no tardarían mucho en perderla. El empuje del viento era tal que el mástil empezó a crujir, partiéndose por la base. En pocos segundos, aquella pieza se hubo separado del resto de la barcaza, que aceleró su vertiginoso descenso. Kily soltó una maldición que fue arrastrada por el viento, ensordecida por aquel furor que parecía el mismísimo aliento de un dragón. Cerró los ojos y rezó a Esterea, esperando el inminente final…

Licencia Creative Commons
El último campo - El viajero estelar (sólo texto) por Estrada Martínez, Francisco Javier se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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