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El último aullido del huargo

¡Hola, queridos lectores!

Hoy os traigo un nuevo fan fiction de la saga Canción de Hielo y Fuego, más conocida por la mayoría como Juego de Tronos. En él, relato los últimos instantes de un personaje bastante querido, que por alguna razón, el autor no quiso darle el protagonismo que requería con algún capítulo narrado desde su perspectiva. Sí, me refiero, cómo no, a Robb Stark. ¡Espero que os guste!

El último aullido del huargo

La saeta se le hundió en la carne, abriéndose paso a través de ella, desgarrándole la piel y los músculos. Sintió una gran punzada de dolor, un dolor que le paralizó por completo, de pies a cabeza. Cerró los ojos y apretó los dientes con tanta fuerza, que si hubiera tenido un chuletón crudo de buey en la boca, lo habría molido sin problemas. «¿Qué está pasando? ¿Por qué…?» —era lo único que acertaba a preguntarse, en medio de la confusión. La sangre le palpitaba con fuerza en los oídos, como tambores, antojándosele que seguía el ritmo de aquella macabra canción: Las lluvias de Castamere.

Abrió los ojos, intentando enfocar algo. Tenía la vista borrosa. Se llevó la mano al costado, donde se había clavado el virote. Notó la sangre resbalar entre los dedos, caliente, a través de la tela. Abrió la boca en una exclamación muda, no sabía muy bien el motivo.

De pronto, alguien, no sabía quién, lo derribó. Cayó al suelo, dándole tiempo sólo a apoyar la otra palma para frenar la caída, y se vio soterrado bajo el tablero de una mesa. No, no habían intentado matarle aquella vez. No era un golpe mortal. De haberlo sido, aquella madera le habría abierto el cráneo de par en par. «Alguien.. ¡alguien me ha protegido!» —comprendió.

Pero, ¿qué estaba pasando? Había compartido el pan y la sal con Lord Walder. Las leyes de la hospitalidad lo amparaban. Entonces, ¿por qué? ¿Es que estaban sufriendo un ataque de los Lannister en plena celebración? «Ingenuo…» —se dijo—. «Walder Frey es un viejo orgulloso. ¿De veras pensabas que se contentaría con el enlace de Edmure y Roslyn? ¿De verdad pensabas que sería tan sencillo escapar de su cólera? Y tú, pobre insensato, has venido a su casa, a las fauces del lobo.»

Todo era muy confuso. Escuchaba alboroto alrededor; gritos; la canción del acero; los lamentos desconsolados de una madre… «Madre…» Intentó moverse, pero un latigazo con origen en la herida le sacudió el cuerpo.

—Todo es culpa tuya, Robb. Tú… tú… rompiste tu palabra…

Abrió los ojos de par en par. No podía ser. No era posible. Debía estar delirando, febril a causa de la hemorragia. Buscó a su alrededor, en la penumbra proyectada por el tablero, y encontró lo que había temido.

—¡P-padre…! ¿Cómo…? ¡Estás…! —No era capaz de articular palabra.

—Por tu culpa, tu madre va a morir —sentenció Eddard, con la fría solemnidad que siempre había poseído, con los ojos grises clavados como témpanos de acero en él—; por tu culpa, Bran y Rickon han muerto; por tu culpa, Sansa y Arya morirán; por tu culpa, Robb; por tu culpa…

—¡Yo no…! —intentó excusarse.

—¿Tú no has faltado a tu palabra? ¿Tú no has ofendido a Lord Frey con tus actos? —inquirió, expeditivo.

—Yo… —musitó, moralmente abatido. Estaba a punto de romper a llorar, pero se negaba a dejar que su padre lo viera así—. Yo lo hice para proteger el honor de una doncella, padre… —Un breve silencio, tan tenso como la situación que había a su alrededor, que ahora le parecía muy lejana—. Sé que no es excusa, pero…

—Rob… —Ned negó con la cabeza. Él no soportaba ver la decepción en su semblante—. Yo no te enseñé así. Hiciste lo correcto al tomarla por esposa, pero fuiste débil al dejarte llevar por el calor de su cuerpo.

—Pero… ella… ella fue buena conmigo… cuando los demás me temían. Ella… me consoló cuando había perdido a mis hermanos —arguyó a la defensiva, afligido por la condena de su padre.

—¿Y eso es una excusa? Juraste que te casarías con una Frey, porque era lo que yo habría hecho —replicó, mordaz, con un destello de ira en la mirada.

—¡Lo hice para salvarte! Pero Joffrey te mandó ejecutar antes de que llegara a Desembarco del Rey…

—Lo hiciste porque era tu deber; debías mantener tu palabra. ¿Es que el honor no vale nada para ti? —Eddard frunció el ceño, como un juez severo.

—¡Claro que significa algo para mí! —espetó enérgicamente, en un arrebato de rebeldía—. ¡Pero me importa más el que pueda mancillar que el mío propio! ¡Por eso la tomé como esposa, padre! ¡Por eso no pude mantener mi honor! ¿Qué precio tendría si hubiera pisoteado el suyo? —No contestó. Parecía pensativo—. Además, no sólo soy Stark, padre. Por mis venas corre también la sangre de los señores del Tridente, de los Tully. «Familia, deber, honor» —recitó, llevándose la mano al corazón—. Acababa de perder a mi familia; mis hermanas estaban en peligro de muerte; yo… yo sólo… quería poder tener una familia… una esposa a la que amar… por encima de mi deber y mi honor…

Esta vez sí, Robb no pudo reprimir ni un segundo más las lágrimas, pero sollozó en silencio. «Jeyne…» La figura fantasmagórica de su padre se desvaneció en la oscuridad, con el aleteo de una sonrisa en los labios. Fue sustituida por otra, también familiar, muy semejante. «Jon…» Era su hermano. Pero él no estaba muerto; estaba en el Muro… «¿Acaso habrá perecido también…?» Aquella sombra cayó sobre él como una losa.

—¡Robb! ¿Qué demonios haces ahí tirado? —espetó, con gesto enfadado—. ¡Levántate! ¡Vamos! ¡Tú no eres Torrhen el arrodillado! ¡Tú eres Robb Stark, señor de Invernalia! ¡El Robb que yo conocía jamás hincaría la rodilla ante Walder Frey! ¡Nunca!

—Jon… —apretó los puños, recordando cada golpe de espada que habían intercambiado. Aunque su madre no fuera la misma, para él siempre había sido uno más, si no, el más apreciado—. ¡Te lo juro! ¡Nunca más hincaremos la rodilla!

Llegó hasta él el lejano aullido de Viento Gris, mientras los rostros de Bran y Rickon se unían al de su hermano mayor. No le dijeron nada, pero el mensaje estaba escrito en sus expresiones: «El Norte recuerda. ¡Recuérdanos, Robb! Porque se acerca el invierno…» Otros lobos respondían con su canción desde los bosques, lejos, muy lejos… «Nymeria…» —supo en un momento de lucidez, aunque no tenía ni idea de cómo era posible que los escuchara desde tan lejos.

«Jeyne, te prometí que volvería. Te di mi palabra.» Empezaba a recuperar la noción de la realidad y se dio cuenta de que el ajetreo continuaba. «Vamos, Robb. Eres el Rey en el Norte. No puedes morir aquí. Todavía tienes muchas cosas por hacer antes de eso» —se dijo, e hizo acopio de sus fuerzas para desprenderse del tablero e incorporarse con dificultad.

Lo siguiente, no lo recordaba con exactitud. Sabía que se había hecho el silencio al verlo alzarse; que Lord Walder había ordenado matarlo; que su madre había intervenido, cogiendo a Aegon Frey como rehén, y que había intentado convencer al señor de Los Gemelos del error que estaba cometiendo. Juró que no buscaría venganza, que perdonaría aquella afrenta. «El honor es un precio insignificante cuando puedes salvar a tu familia.»

Por un momento, pensó que Walder Frey iba a entrar en razón, que iba a salvar la vida de su hijo, por muy retrasado que fuera. Se equivocó. Con un desprecio digno del más pérfido ser maligno, ordenó que le dieran muerte. Robb cayó al suelo de rodillas, con la vista nublándosele por momentos. «¡No…! ¡Madre…!» Entonces escuchó aquella voz suave y sibilante a la espalda, un susurro que le había helado la sangre desde la primera vez que lo oyó:

—¡Jaime Lannister os envía recuerdos!

«¡Roose Bolton!» —fue lo único que pudo pensar, antes de que el frío acero le atravesara por la espalda. Al principio sintió un dolor atroz, un mordisco que le devoraba por dentro, como el fuego abrasándole la piel. El lamento desesperado de una mujer llegó hasta sus oídos, cada vez más lejano. «Madre…» La vida se le escapaba, y el dolor se convirtió en paz. «Jeyne…»

 

Viento Gris profirió un aullido desgarrador. Lo sentía; lo sentía en lo más hondo del alma. Su amo había muerto, y ahora habitaba dentro de él. Había fracasado en su misión de custodiarlo, una misión encargada por los mismísimos Dioses. Ya sólo quedaba la venganza.

Sin embargo, las cadenas que lo retenían no cedían por mucho que lo intentara. Se había desollado las patas y el cuello, a pesar del grueso pelaje, pero no había logrado más que desencajar un poco las argollas del muro de piedra. Toda su fuerza septentrional no era suficiente…

—¡Viento Gris! —lo llamó alguien, oculto en las sombras.

El huargo lo miró y su primera reacción fue gruñir. «¡Huele a Westerling! ¡Es enemigo!» «¡No! ¡Ellos no son enemigos!» «¡Esa bruja siempre ha querido matarte!» «¿Cómo…? ¿Quién…? —se preguntó Robb, temeroso de conocer la respuesta. «No, ella no; su madre» —respondió, algo más calmado.

—¡Espera! ¡enseguida te liberaré! —aseguró el chico.

El animal se quedó mirándolo con recelo, sin comprender lo que hacía. «¿No era el enemigo?» «No, Raynald no. Él es leal y valiente. Moriría por mí si tuviera la ocasión.» El escudero desenvainó la espada y asestó un par de golpes a las cadenas con ellas. Los eslabones estallaron por la fuerza de los impactos, y el lobo, por fin, se vio libre. Éste volvió a mirar al muchacho, esta vez con otros ojos, como si acabara de descubrir algo nuevo en él. «Gracias, Raynald. Que los Dioses se apiaden de ti» —pensaron bestia y persona.

Como un torbellino de furia y destrucción, galopó hacia los soldados más cercanos enseñando los dientes. Éstos se vieron sorprendidos y poco o nada pudieron hacer, antes de que les destrozara el cuello con garras y dentelladas. Los siguientes ya estaban alerta. Le fue más difícil acabar con ellos, además de que le infligieron varias heridas con las espadas. Aún así, estaba loco de rabia, presa de una sed de sangre sin límites. Se abalanzó contra los siguientes sin pensárselo y notó cómo el acero se hundía en su vientre, pero no se detuvo. Mató a aquellos también.

Tambaleante, con los intestinos colgando y al límite de sus fuerzas, Viento Gris y Robb se lanzaron hacia lo que sabían, sería su última batalla. Esta vez, las fauces del gran lobo huargo no se llegaron a cerrar sobre el gaznate de ningún hombre, ni las zarpas penetraron más allá de la piel. Lanceado por varios enemigos, el orgulloso animal del Norte cayó al fin, salpicado con la sangre de sus enemigos. «Aquí se acaba… amo…» «Jeyne…»

 

Arrodillada bajo el imponente tronco del arciano, se hallaba ella, con las manos entrelazadas. Su largo y ondulado cabello castaño reposaba sobre la espalda, y su rostro en forma de corazón estaba bañado en lágrimas. Tenía los ojos y la nariz enrojecidos, testimonio del tiempo que llevaba allí, sollozando. «¿Por qué lloras?» —se preguntó desde lo alto, entre las hojas rojas, como la sangre que había vertido hacía un instante.

—¡Robb! —oyó que murmuraba la joven. Se sobresaltó, pues pensaba que le había visto de alguna forma—. ¡Por favor, devolvédmelo sano y salvo! ¡N-no soportaría que le sucediera nada! ¡Mi madre… mi madre no puede salirse con la suya! —espetó con desesperación, aferrándose a la corteza blanca.

«Jeyne… Lo siento…» —pensó, profundamente apenado—. «Yo… lo he intentado… pero no he podido cumplir mi palabra… una vez más…» La copa del árbol susurró con el viento que las mecía, y la reina alzó la cabeza, como si hubiera oído lo que acababa de decirle, con gesto desconcertado. Ver aquel semblante tan hermoso e inocente, fue suficiente para que Robb marchara a reposar junto a los Antiguos Dioses con una sonrisa en lo más profundo de su espíritu. «Te esperaré… Igual que tú me has esperado…»

—Robb… —murmuró.

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