Ir al contenido principal

Mi hermana Sophia

¡Hola, queridos lectores!

Lo prometido es deuda. Aquí os traigo el segundo relato sobre Nick Halden, mi personaje para el juego de rol Vampiro: La Mascarada. Sospecho que en esta ocasión voy a provocar algún que otro sentimiento encontrado. ¡Prevenidos estáis!

Mi hermana Sophia

«Yo era un chico como otro cualquiera; un chico que quería pasárselo bien, disfrutar de la vida… Sí, por supuesto, todavía quiero hacer esas cosas, no lo dudes. Sin embargo, desde que mi hermana Sophia murió, todo cambió.

¿Cómo era ella? Bueno, era una niña llena de alegría y vitalidad. Siempre andaba por ahí curioseando todo lo que veía con sus grandes ojos verdes. Cada vez que la pillábamos haciendo alguna trastada, dibujaba esa gran sonrisa en su rostro. He visto muchas sonrisas desde entonces, pero ninguna llega a igualarse con la suya. Le gustaba cambiar mucho de peinado. Experimentaba haciéndose coletas, trenzas y toda clase de recogidos con su cabello negro. Lo tenía suave como la seda. Tenía la tez tan morena como yo en mi juventud. Sí, todavía no soy muy viejo, pero he empalidecido en los últimos años.

Poseía una férrea voluntad para ayudar a los demás, eso sin duda. No dejaba de ojear mis deberes por encima del hombro y sugerirme respuestas que, normalmente, tenían más de graciosas que de acertadas. Yo la miraba de reojo, le devolvía la sonrisa y negaba con la cabeza. A veces, cuando estaba muy entonada, me hacía reír tanto que tenía que tomarme un descanso. Ella aprovechaba para decirme que saliéramos a pasear. Le encantaba dar vueltas por los parques. Sabía mucho de plantas, le gustaban tanto como a mi madre. Además, siempre que se encontraba con un perro, empezaba a jugar con ellos, persiguiéndolos, poniéndoles caras, revolcándose con ellos por el suelo… Casi parecía un animal.

Por eso, cuando la enfermedad la consumió, haciéndole perder el cabello incluso, como una hermosa flor despojada de sus pétalos, se me quebró el alma. Quería salvarla como fuera, que se curara cuanto antes, pero no tenía ni idea de qué era lo que podía hacer. Me sentía completamente impotente. Sólo podía sujetarle la mano y rezar a todos los dioses para que ocurriera un milagro. Ella me sonreía con condescendencia, como diciendo: “Tranquilo, no pasa nada”. No recuerdo haber llorado tanto en mi vida… Ella exhaló su último aliento entre mis brazos. Fue como si se quedase dormidita, como siempre hacía cuando le leía un cuento, pero nunca volvió a despertar. Y a pesar de que su corazón ya no latía, la sonrisa no se le borró del rostro…

Por eso creé esta fundación, para intentar ayudar a todos los niños que estuvieran en la situación de mi hermana. Puede que no podamos curar todavía todas las enfermedades, pero al menos podemos hacer que sus últimos momentos sean divertidos, que no se sientan solos. Es lo que mi hermana trataba de decirme con esa sonrisa: yo no podía hacer nada para salvarla, pero estaba allí, a su lado, y eso era muy importante para ella…»

—Es una historia muy trágica… —comentó.

Leblanc escuchaba la historia con gesto indescifrable, llevándose la copa a los labios, sin dejar de mirarme. Parecía que tratase de bucear en mis pensamientos, de adentrarse en mi alma a través de la mirada. Al final, sonrió, divertida, recostándose más distendidamente sobre el sillón.

—Si no supiera que es pura mentira, hasta me habrías sacado alguna lágrima —dijo, fingiendo tristeza para luego reír—. Eso sí, yo creía que tenías ciertos principios y que no le robabas a la gente necesitada. ¿Dónde te has dejado la conciencia, Nick? ¿En alguno de tus otros sombreros?

—¿Quién dice que le haya estafado para que done a mi fundación infantil? —contesté, esbozando una media sonrisa y bajando un poco la cabeza, refugiándome bajo el ala del sombrero.

—No irás a decirme que ahora te has aficionado a destrozar el corazón de mujeres inocentes… —repuso ella, sopesando la copa entre los dedos.

—No, en absoluto. Pero tú me has enseñado que la sangre es más importante que el dinero —repliqué, llevándome el curioso caldo rojizo a los labios. Ella alzó una ceja.

—Creo que estás lo suficientemente bueno para no tener que inventarte una historia así para ligarte a una dama indefensa y llevártela a la cama.

—Míralo como un entrenamiento. Además, así es más divertido… —Me encogí de hombros, sonriendo ahora de forma completa.

—Ya… pues seguro que esa ricachona tiene ganas de darte una hijita clavadita a “tu hermanita” ahora… Ya sabes que no puedes traer niños aquí, Nick. No es un lugar adecuado para ellos —comentó con sorna.

—Tranquila, Laura. Es una de las pocas cosas de las que puedes estar segura conmigo, ¿no? —Miré hacia arriba y añadí—: Aunque estoy valorando la posibilidad de adoptar…

—Seguro que eres todo un padrazo… Con tu labia, le harías creer que Santa Claus existe hasta los treinta años.

—¿Ves? Soy todo un paladín de la infancia —me jacté.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hola, me llamo Javier y soy abstinente

Hola, me llamo Javier, tengo veintinueve años y soy abstinente. Desde que tengo derecho al voto, he vivido tres elecciones generales; cuatro si contamos la repetición de las últimas. En las primeras, 2008, voté a ZP. No parecía que lo hiciera mal. Luego decidí abstenerme como muchos que no veíamos una opción buena. El hartazgo cristalizó en el 15M, nuevas formaciones y soplos de aire fresco para la política. Me decanté por votar a C’s y me sentí defraudado cuando hubo que repetir. ME planteé de verdad no regresar a las urnas, pero al final decidí hacerlo. Hoy, en 2019, vuelvo a la abstención.

El espacio que ocupa el braille

¡Hola! Después de un montón de tiempo, os dejo por aquí algo nuevo que llevaros al sillón de lectura. En esta ocasión, es un relato que presenté al concurso europeo de redacción sobre el braille. El formato era libre y, como no podía ser de otra forma, yo me decanté por la narrativa. Es un pequeño cuento que he escrito con mucho cariño. Espero que os guste. El espacio que ocupa el braille Cierro la última caja sin decidir todavía cuál será su destino y la apilo junto a las otras. La pared está cubierta por ellas. La habitación rezuma el aroma relajante de los libros nuevos. He cuidado muy bien todas esas hojas llenas de puntos, como todo lo que tengo. Las miro, quieta como un clavo. Una lágrima se me escurre por la mejilla. —¿Has terminado? —Casi. Mi chico me da un apretón cariñoso en el hombro. Sonrío. Se va. Pronto viviremos juntos. El estómago se me encoge de las ganas. Llevamos esperándolo mucho tiempo. Lo que aún no tengo claro es si ellos vendrán conmigo. Ocupan demasiado. Hemos

El voto

Un voto…. ¡Un miserable voto…! Me dolía la mandíbula de tanto apretarla. Llevábamos meses negociando la reforma. Un golpe de mano magistral en la última semana para sacarla adelante. Y, de repente, ¡todo se había ido a la…! ¡Prrfff…! Plonk. ¡Ay, al fin! Me acaricié el vientre con alivio. Siempre me pasaba. Cuando llevaba mucho estrés en los pantalones el culo se me cerraba como si me lo hubieran sellado con silicona. Se quedaba ahí, ni para adelante, ni para atrás. Tener que hacerlo en los baños del congreso tampoco ayudaba, sobre todo sabiendo que un escolta uniformado con gafas de sol me esperaba al otro lado de la puerta del cubículo con una cara de póker bien ensayada. En fin. Tendría que encargarle una dosis extra de bífidus diaria al cocinero. Esto de la geometría variable amenazaba con estrangularme el intestino. Miré el reloj. ¡Las 10:23! La sesión estaba a punto de empezar. Me limpié el culo a toda prisa y me subí los pantalones. Para cuando abrí la puerta, ya había recuperado