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Nick va a la universidad

¡Hola, queridos lectores!

Aquí tenéis la cuarta entrega de las aventuras de Nick. En esta ocasión, nos centramos en su etapa académica. ¡Espero que os guste!

Nick va a la universidad

Ir a la universidad es el sueño de cualquier adolescente medio con un expediente suficiente. Independizarse, disfrutar de la mayoría de edad, hacer nuevos amigos y empezar la andadura como adulto en el mundo; todo eso y mucho más es lo que ofrecen los campus, un lugar lleno de oportunidades para gente joven con ganas de comerse el mundo. Y yo no era menos. Cierto es que la mitad de los estudiantes emplean el tiempo en acudir a fiestas y acabar con las existencias de cerveza de la tienda más cercana, pero con todo, tengo muy buenos recuerdos de esa época.

Sí, aunque no os lo creáis, por aquel entonces era un chico bastante comprometido con la sociedad. Me presenté durante los dos cursos que estuve al programa de voluntarios para la integración de estudiantes extranjeros…

—Ce que je fais bien, mon amie?

—Uhm…! Oui! Très bien!

… También era un alumno muy aplicado. ¡Deslumbraba a las profesoras con mi talento natural…!

—¡Ah…! ¡Vaya…! ¡Creo que te doy un sobresaliente en gestión de recursos humanos!

—¿No llego a la matrícula?

—Quizás la próxima vez… ¡Uy! ¡Qué tarde! ¡Tengo que dar clase! ¡Mierda! ¿Has visto mi sujetador?

… Y eso no es todo. Incluso fui reconocido como uno de los más distinguidos atletas de todo el campus…

—¡Increíble…! ¿Cómo puedes aguantar tanto? ¡Creo que a mí me ha dado un tirón!

—¿Necesitas un masaje antes del próximo asalto…?

—¡Quieto! ¡Para! —Risas—. ¡Vaya pareja de trabajo hemos formado! ¡No hemos adelantado nada de trabajo en toda la tarde!

—¿Y a quién le importa?

Sí, la verdad es que mi etapa en la universidad estuvo repleta de buenos momentos. No sabría escoger mi preferido. Cada uno fue especial a su manera; cada chica tenía su encanto. Fueron buenos tiempos… Seguro que os estáis preguntando por qué dejé la carrera a medias si me gustaba tanto el ambiente. Ésa es una historia un poco más larga, pero supongo que puedo sacar un rato para contárosla:

Corría mi segundo año en la facultad de económicas. Mis calificaciones no eran las más brillantes del curso, pero podía aprobar con cierta comodidad las diferentes asignaturas. Algunas me aburrían bastante. Eran… demasiado teóricas. Ya sabéis que siempre he sido un hombre de acción. Aun así, me esforzaba por sacarlas adelante. Durante algunos años había sido un granuja sin complejos, un joven que le echaba morro a la vida, y ella se dejaba echar. No obstante, después de lo de Ada, de haber sufrido tanto por su causa , algo me decía que quizás fuese hora de sentar la cabeza. Me había negado a mí mismo la posibilidad de volver a enamorarme, pues me parecía el mayor engaño al que se podía someter a una persona. Tantos gestos de cariño, tantos momentos, tantas palabras bonitas… para al final abandonar a la persona sin ni siquiera despedirse. ¿Había algo más despiadado en el mundo? Eso no iba a cambiar, pero si quería disfrutar de una vida cómoda y sin complicaciones, sería mejor estudiar y conseguir un trabajo bien remunerado. Al fin y al cabo, todo se puede conseguir con dinero, en especial la diversión que andaba buscando.

Esa primavera acudí a un seminario que impartía un tipo que se había hecho rico en poco tiempo a base de ser un tiburón en los negocios. Su empresa no hacía nada en especial, nada que cualquier otra no pudiera hacer igual o mejor incluso, pero ese cabrón había logrado aplastar a la competencia a base de maniobras financieras, marketing, carisma y personalidad. Era un triunfador que lo había logrado todo únicamente en base a sí mismo. Para qué negarlo, era mi héroe, mi modelo a seguir.

Pude charlar con él una vez concluido el evento. Se mostró bastante amistoso y entendí por qué se metía tan fácilmente a los clientes en el bolsillo. Tenía un magnetismo especial. Puede que no te conociese de nada, como era mi caso, pero ese genio te hacía sentir como si fuese tu amigo de toda la vida. Cada vez lo admiraba más.

Entonces llegó la revelación: él no había estudiado absolutamente nada. Bueno, tenía el graduado escolar, eso sí, pero todo lo que sabía, lo que le había resultado realmente útil en la vida, lo había aprendido por su cuenta, enfrentándose al mundo, y no encerrado entre las cuatro paredes de una facultad. Aquello me dejó sorprendido y, en cierto modo, hizo tambalear las metas que me había fijado un par de años atrás.

Debí caerle realmente bien, porque me invitó a una cena de negocios la semana siguiente. Me dijo que me vendría bien para saber cómo se hacían las cosas en el mundo real y no en la pizarra de algún estúpido profesor. No podía rechazar la ocasión, de modo que acepté. Verlo en acción con todos esos peces gordos fue extraordinario. Todos tenían más poder y fortuna que él, pero tenía tanta labia que se metía al público en el bolsillo, siendo el centro de atención.

Yo no debí hacerlo del todo mal tampoco, pues al día siguiente me llamó para decirme que le había gustado mi actitud. De hecho, de manera totalmente inesperada, me ofreció un puesto en su empresa. No sabía qué decirle. Todo aquello estaba cambiando mi vida demasiado rápido y notaba que empezaba a marearme con aquel vuelco tan repentino. Por suerte, me dio una semana para darle la respuesta. ¿Debía aceptar? Sonaba muy tentador, pero supondría dejar atrás ese camino que había decidido forjarme. Aunque, bien mirado, si conseguía dinero de aquella forma, poco importaba si tenía el título universitario o no.

Había decidido darle el sí. Con esa intención acudí al restaurante donde nos habíamos citado para cenar y tratar el tema. De paso, iba a presentarme a su pareja. Decía que era una chica excepcional, con un ingenio como pocas y una personalidad cautivadora. Pobre idiota, otro ingenuo al que el amor había conseguido engañar, a pesar de todo su carisma y su astucia para los negocios. En fin, no se puede tener todo en esta vida… ¿no?

Sin embargo, todavía estaba por llevarme una sorpresa aquella noche. Pregunté por la mesa que había reservado mi nuevo jefe, pero cuando me estaba acercando a ella, mi corazón dio un tremendo vuelco. Reconocí a la mujer que estaba junto a él, riendo alguno de sus comentarios y apretándole la mano: Ada.

Me quedé allí quieto, como una maldita estatua, sin avanzar ni retroceder. Habían pasado varios años desde la última vez que la vi marcharse con su antiguo novio, pero lo que parecían heridas cerradas se abrieron de golpe, dejando escapar el dolor que habían contenido a duras penas hasta el momento. Aquel no era el mismo tipo con el que se marchó. Lo habría reconocido. Eso significaba que había roto con el otro y se había buscado uno nuevo; quizás ni siquiera fuera el primero. En todos aquellos años, no se había acordado de mí ni un instante. Ahora lo veía claro. ¿A cuántos hombres más iba a engañar y torturar eso que llamaban amor? Era el mayor fraude de la historia, engendrado por poetas románticos que no tenían ni la más mínima idea de la vida, que habrían acabado muertos de hambre, solos, al darse de bruces con la realidad.

El sufrimiento dio paso entonces a la ira. Estaba enfadado con ella, con su nuevo novio y con el maldito mundo entero. No pensé mucho en lo que iba a hacer, pero tenía clara una cosa: no iba a ser el lacayo del tipo que tenía todo lo que yo quería; yo sería ese tipo. Tendría dinero, tendría diversión y todas las mujeres que me propusiese tener. Así, el «sí» se convirtió en un «no». Me aproximé a la mesa con aplomo, decidido a hacer lo que tendría que haber hecho hacía mucho tiempo. Él me vio y saludó efusivamente, pero enseguida se percató de que algo no iba bien. Ella no tardó mucho en reconocerme y se le quedó el rostro pálido, más de lo habitual.

—Lo siento, sólo he venido a decirle que he decidido rechazar su oferta —le dije sin ni siquiera sentarme, procurando mirar lo menos posible a Ada. Él no lo comprendía.

—¿Te ofrezco la oportunidad de hacer tus sueños realidad y la rechazas? ¡Cuánto me he equivocado contigo!

—El que se equivoca es usted —repliqué, desviando entonces la mirada hacia ella, que observaba la escena en silencio, tan conmocionada como lo había estado yo un momento antes—. Usted no tiene ni la más mínima idea de lo que yo quiero.

Y entonces lo hice. Escupí a la cara de Ada con toda la rabia y las ganas del mundo, provocando el escándalo en el local. No me detuve a ver cómo se limpiaba mi saliva; no me detuve a ver el dolor que acababa de infligirle reflejado en su rostro porque me bastaba con saber que lo había recibido; no me detuve a echar la vista atrás, ni para captar su mirada nuevamente, ni para atender a los improperios que me lanzaba su nuevo novio. Me marché de allí con la sensación de haber saldado una cuenta pendiente… y de haber escogido un camino que me alejaría de la universidad para ser el hombre que deseaba ser…

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