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La maldición

¡Hola, queridos lectores!

Hoy he decidido daros un pequeño regalo en forma de un relato atípico sobre Nick. En esta ocasión, el honesto y justo vampiro os abrirá su corazón para que podáis conocerlo un poquito mejor. ¿Será lo que esperabais de él o descubriréis alguna faceta nueva? ¡Descubridlo por vosotros mismos!

La maldición

Normalmente, actuamos como cualquier otra persona, como un humano cualquiera. Salimos de fiesta, vamos al cine, damos paseos, intentamos ganar dinero… Sí, por supuesto que también bebemos sangre. Quizás es ésa la única faceta que nos recuerda ligeramente que nuestro corazón está muerto, que nuestra carne debería estar podrida, y no pálida y fría. Vale, tampoco podemos salir de día. El sol nos pone demasiado morenos. Pero ése no es ningún inconveniente en mi opinión. Alguien acostumbrado a la vida nocturna no notaría apenas el cambio. Aun así, contamos con la ventaja de no contraer raquitismo por falta de vitamina D. Eso lo tomamos de la sangre; de vuestra sangre.

¿Que si me arrepiento de hacer lo que hago? ¡En absoluto! Sería un mentiroso si lo dijera. Vale, ya sé que no soy la persona más sincera del mundo, pero hasta a mí me da cierto reparo engañar tan descaradamente. Además, esa negación no iba a llegar demasiado lejos, sólo hasta que me vierais saboreando la cálida y roja vitae con deleite, y comprendierais que para mí es todo un manjar.

Pero, ¡eh! ¡No soy un monstruo! Los monstruos son malvados y hacen sufrir a la gente. Yo, como mucho, les causo algo de anemia. ¡Nada que no pueda subsanarse con un buen plato de lentejas! Por si fuera poco, les hago vivir uno de los mejores ratos de sus vidas. Sí, el «beso» es casi tan sublime para la víctima como para nosotros. Es como un orgasmo elevado a la décima potencia. Que no os extrañe si os cuentan historias sobre extraños que aparecieron de pronto en un callejón oscuro y les dieron a vuestros amigos la mejor noche de sus vidas. Hay algunos que hasta se hacen adictos. Rebaño los llaman despectivamente, pues se los puede ordeñar como a las reses. ¿Saben lo que somos? Probablemente, pero jamás se lo dirán a nadie. Somos la fuente de su placer, la especia en sus sosas vidas que les aporta un poco de picante, algo por lo que merezca la pena levantarse un día más. Revelar nuestra naturaleza sólo nos arrancaría de sus cuellos; creedme que no desean que eso ocurra.

¿Qué me decís de la inmortalidad? Nunca envejeceré y seguiré igual de atractivo para siempre. ¿Podría haber deseado algo mejor? De las lesiones mejor no hablemos. Todavía me duele un poco la tripa de aquella vez que un desquiciado casi me arranca las vísceras. ¡Me hizo un buen destrozo! No fue agradable, pero no habría sobrevivido de no ser lo que soy, ni tampoco me habría repuesto con tanta rapidez.

Sí, ser un vampiro es fantástico…

…hasta que la noche te recuerda lo que eres… lo que perdiste… y lo que nunca tendrás.

Todo vástago tiene un miedo primordial: la bestia interior. Ese ser anida en todos nosotros, sediento de sangre, dispuesto a aprovechar el menor resquicio de debilidad para aflorar a la superficie y saciar el hambre. En esas ocasiones, cuando entramos en frenesí, no somos conscientes de nuestros actos. Sólo cuando la tempestad ha pasado y podemos recobrar la conciencia, nos damos cuenta de las cosas horribles que hemos cometido en ese lapso de tiempo.

Nuestra cuadrilla lo aprendió muy rápido, gracias a Jared, por supuesto. No sé de qué va ese tío, pero creo que espetarle al gorila que secuestramos «cierra el pico, humano» y hablar delante de él de cómo deshacernos de su cadáver, no es la mejor forma de hacer amigos. ¿Qué esperaba? Por muy aterrorizado que estuviera el tal Homer gracias a lo que Alice hubiera hecho con él, que prefiero no saberlo, sinceramente, no iba a quedarse esperando a que lo descuartizáramos y lo metiésemos en las bolsitas de basura del bar.

No puedo culpar a Ivy; yo también hubiera querido arrancarle la cabeza a ese Ventrue de tres al cuarto, pero, por suerte o por desgracia, tengo más autocontrol que la pequeña Brujah. Ella no pudo reprimirse. Cuando se giró hacia nosotros con los ojos inyectados en sangre, nos vimos reflejados en su rostro salvaje. Eso es lo que somos; ni más, ni menos. Tal vez no haya vuelto a entrar en ese estado desde que Leblanc me abrazó y me convirtió en su chiquillo, pero sé que la bestia está ahí, latente, acechando en la oscuridad para salir a la menor ocasión.

Afortunadamente, fuimos capaces de controlar la situación. Hubiera sido muy peligroso dejar a una vampiresa fuera de control a sus anchas por las calles de Estocolmo. La Corona habría hecho rodar nuestras cabezas, y con razón. Tratamos de contenerla entre Kathleen y yo, mientras Joanne hacía gala de una valentía encomiable al esconderse detrás de la barra y Jared… bueno, él se limitó a sentarse de brazos cruzados. En serio, ¿de qué coño va? ¿Quería que le hiciéramos unas palomitas? En fin… Tuve que hincarle los colmillos a Ivy para lograr someterla. Sé que le hice bastante daño y lo lamento. HE descubierto cuánto duele a posteriori. Pero, en ese momento, no nos quedaba más remedio. Era una especie de mini Hulk que arrasaba con todo, ignorando los taburetes que le estrellábamos en la cabeza. Eso sí, no lo conseguimos antes de que hiriera a mi compañera Toreador. Su tobillo salió maltrecho.

Ése es el riesgo que corremos cada noche que nos despertamos. Ése es el motivo por el que tenemos que dejar a todos nuestros seres queridos atrás y empezar una vida que, por mucho que te relaciones con los demás, no deja de ser solitaria. Quizás los compañeros de cuadrilla son el consuelo que nos queda, el pañuelo después de haberlo perdido todo con el cambio.

Antes os he dicho que beber sangre es maravilloso, pero he de confesaros que también tiene un lado siniestro. Cada vez que la vitae corre cálida por mi garganta, noto cómo la bestia se revuelve dentro de mí, deseosa de más. Es en esos momentos cuando más débiles somos, cuando ella lo tiene más fácil para romper las cadenas y liberarse. Hasta ahora he podido contenerme y dominar al monstruo que llevo dentro, pero… temo despertarme un día con un cadáver entre mis brazos. Probablemente no sería nadie a quien apreciara, ni siquiera alguien a quien conociera. No obstante, la idea me aterra. Soy humano al fin y al cabo, o eso es lo que me repito al amanecer, justo antes de quedar frío e inerte en la cama.

¿Y la inmortalidad? Bueno, está bien si sabes qué hacer con ella. Desde luego, por ahí hay vampiros centenarios rondando las calles. Ellos deben saber mucho más del tema que yo. Al fin y al cabo, no tengo más que un par de años de no vida. Soy un neonato. Leblanc tampoco es que sea mucho más anciana; no lo suficiente para tener esa perspectiva. No sé qué hará la gente tan anciana como para haber vivido los tiempos en los que se araba la tierra a mano, sin ningún instrumento más allá de la azada.

Lo que sé es lo que he visto en mi círculo cercano. He visto como Eira mira a Ivy, su novia. Sí, podría decir que es bonito, conmovedor, inspirador… toda una lección de que la frontera entre los vivos y los no muertos es lo suficientemente delgada para que podamos convivir y amarnos. Sin embargo, pienso en el futuro. La pobre envejecerá, mientras que la Brujah seguirá conservando ese aspecto tan juvenil por siempre. Al final, ¿qué remedio les quedará? Sólo hay dos opciones posibles: o el tiempo hace su labor y las separará para siempre, o alguien tendrá que concederle a Eira la maldición de la que nosotros somos presa.

Porque… sí. Después de haber vivido estas nuevas experiencias… no me cabe duda de que el miedo y el dolor superan ampliamente a cualquier ventaja de la que podamos gozar; un miedo y un dolor imperecederos…

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