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Se acabó la progenie

¡Hola, queridos lectores!

Disculpad el retraso, pero es que ando bastante liado últimamente. Tengo poco tiempo y, cuando lo tengo, estoy agotado. No obstante, intentaré seguir satisfaciendo vuestras expectativas. ¡Aquí traigo otra entrega de las aventuras de Nick! Esta vez pasamos de su pasado a su presente. Seguro que no es tan intenso como otros, pero creo que es importante que os cuente estas cosas para que podáis entener lo que vendrá.

Se acabó la progenie

Jamás pensé que una sola noche podría llegar a ser tan ajetreada. Llevaba siendo un no muerto un par de años ya, pero acababa de ver cómo la presa que contenía todo un pantano rebosante de lodo y fango se había venido abajo en unas horas, sepultándome bajo semejante masa hedionda. «Progenie»; nunca pensé que una palabra pudiera significar tanto; no podía ni imaginar que Leblanc, mi sire, me hubiera protegido durante tanto tiempo de las vicisitudes que ofrecía la vida del vampiro.

Todo había empezado con una llamada. «Tenemos que vernos.» Un mensaje corto y explícito. Me preguntaba qué sería lo que querría. Laura Leblanc era una mujer excéntrica, si bien no acostumbraba a molestar a los demás por puro placer; a no ser, claro, que los perturbados entrasen en sus truculentas fantasías sexuales. No habían sido pocas las veces que la había sorprendido practicando sus artes con algunos «afortunados», a cuál más bizarro. Sí, padecía alguna clase de filia por los sujetos exóticos, cuanto más, mejor. No tenía mucha dificultad para encontrar voluntarios, claro. Era una mujer bella y exuberante, además de forrada hasta las cejas. ¿Quién podría resistirse?

Supongo que yo. Había visto demasiado como para que mi sire me atrajera. Además, por extraño que pudiera parecer, ella tampoco había intentado nunca nada conmigo. Quizás me veía como a su hijo. Eso era yo al fin y al cabo, ¿no? Su chiquillo, sangre de su sangre, uno más en la vasta estirpe de Caín. Hasta ella tenía principios a ese respecto. Sería como una especie de incesto. Curioso, aunque, después de ver el torrente de agua de cloaca que se me había venido encima esta última noche, nadie podía culparla de tener rarezas.

Así pues, me dirigí hacia su lujoso apartamento en el ático de la Torre Leblanc. Sí, es dueña de un rascacielos en pleno distrito financiero de Estocolmo. Ya os he dicho que está podrida de riqueza. Sólo algunos privilegiados tenemos la llave del ascensor que permite subir a la última planta. Por el camino, no paraba de preguntarme qué querría de mí. ¿Habría echado el ojo a algún nuevo objetivo al que sacarle hasta la última corona?

Tengo que decir que la decoración del apartamento es casi tan peculiar como ella misma. Está completamente ambientado en un casino. Las paredes están decoradas con máquinas tragaperras y la mesa del despacho es la misma que se usa para jugar a la ruleta y a tantos otros juegos de azar. El punto de originalidad lo pone El señor de los anillos, obra que copa con sus imágenes las casillas de los aparatos que tanto dinero hacen perder a los incautos. En lo que nunca me había fijado era en la enorme pecera del fondo de la habitación. Esa parte suele estar tapada con una cortina, pero esta noche estaba abierta.

Rápidamente me di cuenta de que Leblanc estaba un poco rara. NO bromeaba tanto como de costumbre y se la veía pensativa. No tardé demasiado en descubrir por qué me había hecho ir. Me tendió un fax en el que resaltaba el sello de la Corona de Estocolmo, un comunicado oficial de la más alta institución vampírica del país. En él se decretaba que mi periodo de progenie, una especie de tutela al cargo de mi sire, había expirado y que debía de reunirme esa misma noche con la senescal Megara en el elíseo de la ciudad para ser asignado a una cuadrilla.

Hasta ahí todo bien. Sabía de antemano que este día llegaría y no me había cogido por sorpresa. Seguiría en contacto con Laura, por supuesto, aunque ahora también tendría que atender los asuntos propios de mi cuadrilla. Era parecido a ser mayor de edad, a emanciparte de tus padres y dar el salto a la gran noche… Pronto me arrepentiría de estar tan entusiasmado.

La reunión fue más o menos normal. La senescal, más seca que una pasa en el desierto, nos informó de nuestros nuevos deberes y obligaciones, y nos instó a esforzarnos para alcanzar logros importantes, lo que repercutiría en beneficio de la ciudad. Entre otras cosas, nos comentó que se había producido un asesinato que rompía por completo la mascarada y, de encontrar al responsable, nuestro nombre se vería ensalzado. Sólo fue una sugerencia, claro, pero de ésas que suenan a orden en cierto modo.

El grupo que se había formado, por otra parte, no era muy alentador. Sí, había un par de mujeres de muy buen ver, una Ventrue, Joanne, y una Toreador, Kathleen, por lo que pude apreciar en la portada de sus dosieres. Por el contrario, había otro Ventrue, Jared, con un aspecto de pordiosero que no podía con él y que no hizo más que confirmarse cuando nos condujo hasta su «bar». Era un antro de mala muerte que ni siquiera estaba operativo, un almacén de polvo, suciedad y alcohol de dudosa calidad. Por último, había una Brujah, Ivy, bajita y con aire de rebelde, lo que cualquiera esperaría encontrarse en una miembro de su clan.

La primera impresión sobre Joanne se diluyó como la espuma de la gaseosa. Tampoco podía culparla. Era verdaderamente repugnante aquel lugar. No obstante, me daba la sensación de que era demasiado remilgada y, además, tenía mal carácter. Parecía una mujer muy estirada, con mayordomo y todo.

En cuanto a Kathleen, tampoco es que fuese la alegría en persona. Por lo menos era más educada y no mostraba tantos reparos a la hora de meterse en un agujero infernal como aquel. Al final nos decantamos por ella como líder de la cuadrilla. ¡Ah! ¡Y una rata del bar se enamoró de ella! Vale, no era una rata, era un hurón, pero para el caso es lo mismo. Tiene mano con los animales, lo que es raro en nosotros. Suelen huir como de la peste.

El caso es que decidimos hacer caso omiso de la sensatez y no dejar el asunto del asesinato para cuadrillas más experimentadas. Mientras Joanne y Kathleen iban a la comisaría para examinar el cuerpo de la víctima y las diversas pruebas recogidas, yo me dirigí con los otros dos a la Fuente de las Tres Mareas, la escena del crimen. Aunque estaba acordonada, los policías nos permitieron el paso con muda aprobación. Parecía que los dedos de la Corona llegaban hasta las mismas autoridades mortales.

Encontramos un rastro de sangre bajo la lluvia que conducía a un callejón cercano, el Callejón de las Sirenas. No puedo decir que aquel sitio tuviera mejor aspecto que el de la callejuela en la que se encontraba el bar de Jared. Las prostitutas se exhibían libremente, buscando clientes, y tipos como armarios de grande vigilaban las puertas de los clubes nocturnos y los burdeles. No faltaban tampoco los yonkies.

En este punto fue en el que las cosas empezaron a complicarse. Después de un intento infructuoso de Jared por robarle unos cigarrillos a una de las meretrices, con el consecuente escándalo, éste accedió a subir con una de ellas a las habitaciones. Por supuesto, fue a costa de mi cartera, con la promesa de que iba a conseguir información. Dudaba de ello, pero accedí con la condición de que me devolviera el dinero cuando su local empezase a funcionar.

Ivy y yo nos quedamos fuera, esperando, con tan mala fortuna que un drogata vino a tomarla con nosotros. Era un paliducho escuchimizado, pero llevaba una navaja. Aunque somos no muertos, una cuchillada siempre es dolorosa. Esquivé la primera acometida y lo aterroricé con los poderes de la sangre, mirándole a los ojos, hasta dejarlo paralizado y balbuciendo.

Las cosas iban a ponerse más divertidas todavía. Los gorilas que vigilaban uno de los prostíbulos se unieron a la fiesta y atacaron a la pobre Ivy, siendo el doble de grandes que ella. Se llevaron una sorpresa, pues tras la primera embestida, ella soltó un codazo con su fuerza sobrenatural, rompiéndole las costillas al valiente. Su compañero se abalanzó, derribándola, y, mientras yo seguía lidiando con el drogadicto, ella le hundió los colmillos en el cuello al tipo. La sangre brotó a borbotones y le empapó la cara.

Su compañero, herido y conmocionado por lo que acababa de ver, empezó a correr, igual que mi amigo paliducho. No obstante, Jared salió del burdel en ese momento y lo placó, dejándolo inconsciente.  Esos tipos sabían algo sobre la víctima, Lysa Akkerman, de modo que optamos por llevarnos al grandullón, tocándome quedármelo en casa. Por cierto, una cámara de un banco nos grabó con las manos en la masa. Tendremos que hacer algo para evitar el escándalo.

Por fortuna, Alice, mi secretaria y ghoul, es una mujer eficiente. Le ha suministrado algún tipo de sustancia en vena y dice que no habrá ningún problema con él. Me fío de ella en ese aspecto, aunque siempre me da escalofríos cuando sonríe de esa forma. Parece un tanto psicópata.

En fin, espero poder dormir un poco durante el día y descansar. Ha sido una noche inolvidable y me temo que sólo es el principio. ¿En qué momento exacto me alegré de ser inmortal? Tengo por delante una eternidad de problemas y preocupaciones, y una cuadrilla que, siendo franco, no creo que pueda llegar a apreciar como verdaderos compañeros.

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