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Un resquicio de esperanza

Esta vez el relato corto que os traigo tiene que ver directamente con uno que ya he publicado con anterioridad. ¿Seréis capaces de averiguar cuál? Venga, ¡no es muy difícil! ¡Espero vuestras conjeturas en los comentarios! Como siempre, compartiéndolo y comentándolo me animáis a seguir, así que, ¡todo gesto se agradece!



Un resquicio de esperanza



Inútil, incompetente, zopenco, torpe, falto de talento… Podría seguir durante un buen rato con la ristra de calificativos amables que mis compañeros de la orden me imponen. No, seguramente no soy el mago más brillante de todos los tiempos. De hecho, puede que sea el peor con diferencia. Mas no será por ausencia de esfuerzo. Cada día sigo mi adiestramiento con rigor y dedicación, pero los frutos no brotan. Tal vez es un árbol marchito.


Haría mejor en dedicarme a otra cosa. Muchas veces se me ha pasado por la cabeza renunciar y marcharme de aquí, mas tampoco tengo a dónde ir. No tengo familia alguna. Lo más cercano a eso es el maestro Aldarian, que me recogió cuando era un recién nacido y me cuidó con la esperanza de convertirme en un gran mago. Temo estar decepcionándolo, aunque es el único que no se comporta de manera tan dura conmigo. Al contrario, me anima a continuar intentándolo, a dar lo mejor de mí cada día para superarme. Es tan bueno… También es duro, pero es necesario serlo. Si no fuera por él. Quizás ya me habría buscado algún otro sitio para vivir y ganarme la vida de otra forma. Bueno, por él y por mi orgullo. ¡Jamás daré la razón a quienes me desprecian!


Aun así, es duro permanecer aquí. Soy la nota disonante en un coro celestial; el silencio perpetuo. Mis compañeros son capaces de escuchar a sus espíritus y comunicarse con ellos fácilmente. Gracias a eso consiguen desarrollar esos poderes mágicos que yo sólo alcanzo a soñar. En cambio, yo no recibo respuesta. Mi mente es un lago plácido y tranquilo de pensamientos donde la única conciencia que reside es la mía propia. El maestro me asegura que hay un espíritu acompañándome, pero que está mucho más profundo que el del resto y necesito asomarme más al pozo para llegar a verlo. No quiero desilusionarlo, pero me parece que más que echar un vistazo, debería tirarme de cabeza para lograrlo.


¿Lo he conseguido? Bueno, a medias. Digamos que he vislumbrado la silueta y he alcanzado a escuchar sus susurros. Me parece que no es muy amigable. A lo mejor por eso se oculta de mí y se niega a comunicarse, qué sé yo. Gracias a eso puedo hacer un poco de magia, pero apenas unos trucos simples en comparación con el resto de pupilos. Parece que se trata de un espíritu fogoso, pues se manifiesta a través de llamas. El maestro Ezra dice que eso denota una personalidad iracunda y destructiva. Quizás sea mejor así, que siga ocultándose de mí…


Entre tanto, sigo viendo cómo el resto se distancia más y más de mi nivel. La mejor de todos es Anya, aunque es una chica muy fría y distante. No somos amigos ni nada parecido, aunque me siento unido a ella de algún modo. Ambos estamos solos. Somos huérfanos y no nos llevamos demasiado bien con los demás pupilos, aunque sea por motivos bien diferentes: a ella la temen y de mí se burlan. He intentado acercarme a ella en alguna ocasión, mas es como darse de bruces con un gélido e inquebrantable témpano de hielo. A veces pienso que no dudaría ni un minuto en matarnos a todos si le molestamos demasiado. Será mejor dejarla tranquila, aunque para algunos es difícil de conseguir. Muchos de los chicos se pavonean por ahí tratando de llamar fútilmente su atención. La verdad es que es muy hermosa, pero el suicidio es un precio demasiado caro a pagar por su tiempo.


Ya han pasado quince años desde que el maestro me adoptó. Llevo prácticamente diez de ellos dedicándome a la meditación y el dominio del espíritu que me acompaña, del que ni siquiera conozco su nombre. Los resultados son pésimos, pero parece que se abre para mí un pequeño resquicio de esperanza. El maestro me ha dicho que es tiempo de tomar medidas más drásticas. Parece que piensa en un nuevo método de adiestramiento capaz de extraer mi verdadero potencial. Ni siquiera estoy seguro de poseer tal cosa, mas haré lo que él me diga. Confío ciegamente en él. Es la única persona en el mundo a la que puedo llamar querida. Ojalá no defraude su confianza…

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