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El número uno

Disculpad la ausencia, pero la verdad es que he tenido un mes bastante ajetreado. Espero que el vuestro haya sido mejor.

Estas dos últimas semanas he empezado a asistir a una escuela de escritura. Yo pensaba que sabía escribir más o menos bien, pero me he dado cuenta de que no. Las clases me están sirviendo de mucho, sobre todo a la hora de mejorar la técnica. Cada semana tenemos como ejercicio escribir algún texto. He decidido que voy a compartirlo con vosotros para que podáis ir notando mi progresión. La mayoría creo que no van a ser de las temáticas a las que os tengo acostumbrados, pero me parece una buena ocasión para que podáis observar si voy cambiando mucho mi forma de escribir o no.

El primer ejercicio consistía en escribir un relato a partir de una situación abstracta: un niño al que sus padres no recogían después de la escuela. A partir de ahí, el desarrollo corría de nuestra cuenta. Otra condición que teníamos era ceñirnos a un tipo de narrador específico que sorteamos entre los alumnos. Yo saqué la papeleta del narrador en segunda persona. No había escrito nada parecido en mi vida, pero sí que me recordó un poco a la manera en que se narra en los juegos de rol. Así pues, no estaba cojo y sin nada de donde agarrarme. Sólo tenía que buscar un argumento y el punto de vista adecuado para desarrollarlo. Dejo a vuestro criterio la valoración del resultado. Más que nunca, ¡apreciaré vuestros comentarios!

El número uno


Cuando tienes lo que todo hombre podría desear, te crees el rey del mundo. Dinero más que suficiente, una casa lo bastante grande como para no encontrarte con tu mujer en todo el día, un coche lujoso, una amante joven, atractiva y dispuesta… ¿No es lo que Hollywood te ha inculcado como la fórmula del éxito? Hasta las señoras más decentes pierden las formas leyendo bazofia como las cincuenta sombras. Sí, eres él, el arquetipo de triunfador, el número uno…


Te sumerges entre las piernas de la secretaria a la que sólo has elegido porque tenía una o dos tallas más que el resto de candidatas. Ella te recibe gustosa, deseando sentirte. El corazón se te acelera; la respiración de ambos se agita. Unos minutos después, la mesa de tu despacho se ha convertido en un sitio tan bueno como cualquier otro para dar rienda suelta a vuestra pasión. Los papeles están desperdigados por el suelo, igual que el flexo. La ventana está empañada, alejando la tarde fría y lluviosa de vosotros. Vuestros jadeos y gemidos son cada vez más intensos, elevándose lentamente hacia el clímax.


Entonces, casi inaudible en medio del desenfreno, escuchas el móvil sonar. Dejas que siga. Ya se cansará. Pero se trata de alguien irritantemente persistente. Una, dos, tres… ¿Es que no piensa abandonar? Al final, agarras el aparato y contestas sin abandonar del todo lo que hacías. La chica se retuerce debajo de tu cuerpo a un ritmo más pausado. Quizás le excita la posibilidad de que la persona que hay al otro lado de la línea la oiga.


Como si de un globo demasiado hinchado se tratara, tu buen humor se esfuma tan pronto cuelgas el teléfono. Tu amante te mira confundida, aunque sus caderas te incitan a que continúes. Y tú, rey del mundo, número uno y envidia del resto de hombres, te ves obligado a negarte.


Ella te mira con fingido desconsuelo, pidiendo una explicación. No puedes dársela. ¿Qué le vas a decir? Fuiste tan estúpido como el resto, ni más, ni menos. Te casaste con una mujer que por aquel entonces no era una vaca controladora. Asentiste a esa ridícula cuestión de «hasta que la muerte os separe». Más de una vez habrías querido cargártela, sin duda. Y, para colmo, habías metido la pata hasta el fondo teniendo un hijo con ella. No hay nada más molesto en el mundo. Pide, llora, grita y siempre requiere tu atención. Hasta en un momento como este te ves interrumpido. Todo porque la insoportable de su madre no ha aparecido para recogerlo y tienes que encargarte tú. El conserje parecía alarmado, pues ella no le ha cogido el teléfono. ¡Ojalá se haya pegado un leñazo con el coche!


El caso es que recuperas la ropa y dejas allí a esa preciosidad. Tu cara espanta a los conductores con los que te cruzas. El tráfico está horrible. Utilizas el claxon más de lo habitual y pegas violentos acelerones y frenazos. Si lo hicieras así a diario, te cargarías el coche en menos que canta un gallo.


Cuando por fin consigues llegar al colegio, ves a tu hijo esperando bajo el tejadillo. Tiene los ojos y la nariz enrojecidos, y tirita sensiblemente. ¡Vaya aspecto más lastimero! Si supiera lo que te has perdido por su culpa… Aprietas el volante con fuerza y el bramido furioso de tu BMW ensordece toda la calle. El chico corre sin paraguas y con premura, y abre la puerta. Trataba de mojarse lo menos posible, pero llueve demasiado. Saluda con un balbuceo ininteligible y tú replicas con un gruñido malhumorado. Todo lo que le dices son órdenes, como que se ponga el cinturón o que deje de sollozar de una vez. No estás de ánimo para aguantarlo.


Llegáis a casa y el chico se atreve a preguntar por la merienda. Lo fulminas con la mirada y le señalas la cocina. Ya es mayorcito para servirse él mismo cualquier bollo o embutido. Cabizbajo y resignado, él sigue la dirección de tu dedo. Notas un poquito de satisfacción por dentro. Has criado un chaval obediente y disciplinado por lo menos. Es todo un logro, considerando lo caprichosa que es su madre. Si sigue así y consigues inculcarle tu forma de ver la vida, es posible que siga tus pasos algún día. Eso sí, que lo haga en silencio y sin incordiarte demasiado.


Subes las escaleras con ganas de darte una ducha caliente. Aunque no has estado mucho tiempo expuesto, el agua te ha calado el traje de Armani. Es bastante desagradable. Además, quizá eso te ayude a rebajar la calentura que todavía persiste, causándote incomodidad. Suspiras. Ya habrá ocasión de terminar lo que estabas haciendo y empezar muchos otros suculentos escarceos.


Sin embargo, mientras te desanudas la corbata, escuchas unos ruidos extraños que provienen de tu dormitorio. De inmediato se te pasa por la cabeza: ¡ladrones! ¡Estarán registrando los cajones y los armarios en busca de las joyas! Miras a tu alrededor y sólo encuentras una mísera fregona que blandir. Da igual, es suficiente. Hoy estás tan cabreado que podrías tirar la pared abajo con ella.


Vas decidido hacia la puerta, dispuesto a repartir golpes a diestro y siniestro. Pero, justo antes de poner la mano en el picaporte, los sonidos cambian. Ese sordo ajetreo se convierte en una sucesión de gemidos que casi llegan a escandalizarte. Te quedas paralizado, con la boca entreabierta y a punto de abrir. Tu cerebro se ha quedado congelado por un segundo. Te cuesta procesar lo que está pasando. Pronto comprendes el motivo por el que ella no le cogía el teléfono al conserje; por qué ella no ha ido a recoger a vuestro hijo. Las piernas te tiemblan, pues el pedestal sobre el que te erigías se acaba de resquebrajar. Vacilas, herido en lo más profundo de tu orgullo. Eso no te puede estar pasando a ti; no le puede estar pasando al número uno. ¡Cómo se atreve a insultarte en tu cara! Enseguida vuelves en ti. ¡Será zorra!


Entras con violencia, haciendo que la puerta golpee la pared. Creías que iba a ser suficiente para interrumpirlos, para que ella saltara de la cama sin saber dónde meterse. Muy al contrario, no parecen haberse dado cuenta. Ante ti, un joven bien en forma parcialmente vestido con un mono arremete una y otra vez contra tu esposa. Ella lo agarra por la espalda, clavándole las uñas, y se retuerce entre sus brazos como una perra en celo. Tiene los ojos cerrados y una expresión de gozo inmensa que jamás le has visto. Te quedas allí plantado, sin saber qué hacer. Te debates entre abalanzarte sobre ellos para apalearlos o marcharte humillado por donde has venido. Justo entonces, un instante antes de que te decidas, ella abre los ojos. Vuestras miradas se cruzan y, muy lejos de sentirse avergonzada, ella esboza una sonrisa triunfal. El mundo sobre el que reinas se sacude con el aleteo de sus labios y tú, destronado, decides que si no eres el amo, nadie lo será…

Comentarios

  1. Este relato es dinamita, tal y como está planteado permite bajar al "número uno" del pedestal en el que se auto erige, usando para ello unos pocos párrafos. Tiene ritmo, un atisbo de chispa macarra y una venganza con moraleja final.

    Creíble y fresco, sigue así Javi.

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