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Cita a ciegas

Esta vez os traigo el segundo relato para mis clases de escritura. En esta ocasión, el relato debía centrarse en el desarrollo de personajes. Para ello, el profesor nos dio como pie la primera frase y nosotros teníamos que construir a partir de ahí. Creo que es un buen ejercicio. Si alguien es aficionado a la escritura, ¡se lo recomiendo! Sin más, os dejo con el relato. ¡Espero vuestras impresiones!

Cita a ciegas

Un ciego, antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a cenar a casa esta noche. Laura nunca me había hablado de él. Era extraño porque siempre estaba contando anécdotas graciosas sobre sus amigos del instituto. Supuse que las de aquel hombre no debían de ser demasiado agradables de recordar. Yo mismo le había gastado alguna que otra broma a un chaval inválido cuando estaba en séptimo de E.G.B. Nada grave, claro; nos echábamos unas risas con él… Pero siempre estaba el que se pasaba de la raya.

Por lo visto, ahora vivía en Alemania, pero había venido de vacaciones a Madrid. Quería volver a verla después de más de diez años sin noticias. Ella no había dudado en invitarlo y así nos presentaría de paso. Yo no sabía muy bien qué esperar, la verdad. No trataba con invidentes a menudo; solo para comprar el cupón. Lo esencial sería tratar de no ofenderlo, claro. Tendría que hablar y actuar con cautela.

Cuando el timbre sonó y Laura abrió la puerta, me encontré con un tipo bastante diferente de lo que me había imaginado. Estaba regordete, tenía el cabello ralo y lucía unas gafas de sol prácticamente opacas. Era media cabeza más bajo que yo y vestía bien conjuntado. ME pregunto cómo hará para elegir prendas que vayan a juego. Traía consigo un labrador de pelo claro y lustroso. No se movía ni un centímetro de su lado mientras su dueño saludaba a mi esposa. Lo único que hacía era explorar el recibidor con la mirada y detenerla de vez en cuando en nosotros.

—Mira, cariño, te presento a Martín —dijo Laura, haciéndose a un lado. El ciego me tendió la mano y yo se la estreché—. Este es mi marido, Rafa.

—Encantado, Martín.

—¡Hombre, Rafa! ¡Ya tenía ganas de conocerte! ¡Se te ve fuerte! —me saludó, dándome una palmada en el hombro—. ¡Tú sigues igual de guapa que siempre, Laura!

—¡Anda ya! ¡Si tengo que perder unos cuantos kilos! —rio ella.

—Ah, ¿sí? Pues yo ni me había enterado —repuso de buen humor.

Pasamos al salón y estuvimos tomando unas copas. Al ciego se lo veía muy desenvuelto. Hablando de ver, me estaba resultando un poco difícil la conversación. Cada vez que salía una referencia a los ojos, la vista o cualquier cosa similar, me aturullaba y me disculpaba rápidamente. A él no parecía importarle lo más mínimo. Sonreía con amabilidad y hasta diría que le hacía gracia. A lo mejor no era necesario tener tanto cuidado… Al fin y al cabo, después de un rato comprobé que hablaba de cosas normales: del trabajo, que le iba muy bien en tierras bávaras; de su pareja embarazada, una chica rubia de nariz respingona y ojos azules cuya foto nos enseñó en el móvil; del gobierno y de la economía, y hasta de fútbol.

—Sigo la Liga por internet. ¡Vaya golazo de Asensio el otro día! ¡Ese chaval es un crack!

—Sí, la verdad es que tiene mucho talento —admití, preguntándome todavía cómo podía estar tan enterado. No emitían nada como fútbol en braille, ¿no?

Laura en cambio lo trataba con mucha naturalidad. No sabía que estuviera tan acostumbrada a esto. No paraba de contarle cosas y de preguntarle por su vida. Se le notaba muy contenta de volver a verlo. Al cabo de un rato, empezaron a rememorar batallitas de su época estudiantil y yo me quedé tan mudo como el labrador, que permanecía tumbado junto al sofá en una quietud pétrea. Apenas había probado un poco de agua del cacharro que le habíamos servido. Un par de veces me atreví a alargar el brazo para acariciarle. Él me miraba con aire contento, pero no hacía nada más.

—¡Ay, qué tiempos…! —exclamó Martín, dándole otro trago a su copa—. Parece que nuestra primera cita fue ayer…

—Sí, la verdad es que sí. ¡La vida pasa volando!

—¿Cómo? —interrumpí yo, como si me acabase de despertar de un dulce letargo—. ¿Vuestra primera cita?

—¡Oh! Verás, Rafa… —empezó Laura muy ruborizada, mientras yo los miraba de hito en hito—. Martín fue mi primer novio. Salimos durante… ¿cinco meses?

—Seis —puntualizó él, sonriendo tan pancho. No se le notaba incómodo—. ¡Tranquilo, Rafa! Sigues siendo el único que la ha visto desnuda, porque yo… —se encogió de hombros y soltó una carcajada.

—¡Él se aprovechaba de mí! —acusó ella de buen humor—. Con eso de que no veía, me tocaba todo lo que quería y un poco más.

—Me funciona con una de cada tres —apuntó Martín.

Yo no sabía cómo tomarme aquello. Aturdido, me disculpé y me fui a la cocina a por un vaso de agua. No tendría por qué estar celoso. La relación entre ellos había acabado hace mucho. No obstante, Laura podría haberme comentado algo. Una sorpresa así no es plato de buen gusto para nadie. Ahora mismo, con el ciego en mi salón y el cordero en el horno, me sentía como un cornudo que encima ponía la cama.

En fin, no me quedaba más remedio que tragármelo todo junto con el agua. Si no, mi mujer pensaría que soy un celoso sin fundamento. Eso sí, no iba a dejar que me pisaran en mi propia casa de esa manera.

Respiré hondo; me negué a aceptar que Martín supiera más de fútbol que yo; pensé que Laura no había tenido buen ojo para su primera relación; me reí para mis adentros con ese chiste y otro mudo sobre aquella cita, y salí de nuevo al salón decidido a tomar las riendas. Le iba a demostrar a ese lince que a vista no me ganaba nadie. Le había tendido la mano y me había tomado el brazo, pero donde las dan, las toman…

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