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Múnich

La teoría del iceberg es una de las cosas más difíciles de aplicar que hemos visto hasta el momento en las clases. Consiste en trasponer en palabras solo una pequeña parte de lo que sucede, la más superficial, para que el lector se interese y especule sobre lo que no ve, siguiendo pequeñas pistas y matices. Es lo que he intentado en este relato.

Cuando lo leímos en clase, la gente no entendió bien el tema ni se percató de la mayoría de estos matices. De hecho, pensaron que el sentimiento de culpa del protagonista estaba exagerado y poco justificado. Por eso me gustaría hacer un experimento. Esta vez, además del relato, dejaré en la parte inferior lo que sucede, lo que hay debajo del iceberg. Juguemos a ver si sois capaces de desentrañar lo que ocurre en esta pareja. Si me dejáis en los comentarios lo que vosotros habéis entendido antes de leer la explicación, ¡será fantástico!

Múnich

—Bueno, cuida de tu hermana, ¿vale?

—Sí, papá… —me contestó Pedro en tono cansino—. ¡Pero volved pronto! La abuela nos hace lentejas de comer y… —Hizo un gesto de asco—. Tú cocinas mejor.

—¡Shhh! ¡No lo digas tan alto! ¡Como se entere…! —Los dos reímos, cómplices.

—Dale un beso a mamá. —Las risas murieron—. Me gustaría haber hablado con ella… Espero que se recupere pronto.

—Se lo daré. Ya sabes que mamá tiene la salud delicada…

El niño asintió, consciente a sus ocho años. Me quedé sin voz. Me despedí con prisas y remordimientos. La imagen de mi hijo desapareció de la pantalla del móvil. Llovía dentro y llovía fuera. Múnich. Gris, húmeda y odiosa. Un paisaje idóneo para quedar retratado en ese instante.

Miré de reojo. Yolanda yacía desmadejada sobre las sábanas arrugadas. Sus ronquidos competían con los truenos. Un hilillo de baba hacía charcos en la almohada. El amargo perfume local tiznaba su aliento.

Ella me había convencido para hacer el viaje. «¡Necesitamos unas vacaciones! ¡Tú y yo solos! ¡Pasarlo bien!» Como si no llevase dos años respetando el Sabat a diario como una judía ejemplar… Quería venir a la Oktoberfest. «¡Al menos una vez en la vida!» Hubiera deseado que lo aplicara también en otros ámbitos… «¡No pasa nada porque no te guste la cerveza! ¡No voy a tirarme todo el día bebiendo! Haremos turismo y todo eso.» Era una suerte de súcubo que me arrastraba a los infiernos con su voz de seda y sus roces sinfónicos…



Las cinco de la mañana. Otro desconocido la acarreó hasta allí. Un alemán, claro. El ario perfecto. No entendí ni una palabra. Intuía que la fiesta había sido intensa y profunda. Aun así, le di las gracias en dos o tres idiomas distintos antes de despacharlo. Serví de muleta para que Yolanda llegara en pie a la cama. Me besó entre risas estúpidas. Fue como bucear en el cubo de la basura. Ahora entendía cómo se debían sentir los indigentes.

—¡Lo que te has perdido…!



No podía ver nada más que la cortina de agua y la televisión alemana. Me hubiera gustado pasearme entre esas casitas salidas de un cuento, por los jardines de la ciudad, ver la catedral y su famoso reloj… No podía. Estaba preso. No por el diluvio ni las cuatro paredes. Los grilletes se hundían mucho más allá, bajo la piel y los huesos, cerrados a pesar de tener la llave en las manos.



Yolanda despertó llena de caprichos. Se me enroscó como una serpiente y me susurró al oído. No me opuse a la constricción, sino que me regocijé entre los anillos. Sus ojos oscuros eran dos pozos de vergüenza donde arrojar la razón. Mientras ella llamaba al servicio de habitaciones, yo me encerré en el baño y abrí el grifo de la ducha. Esperé…

El agua no ahogaba la canción de la sirena al otro lado de la pared. Mi cordura se desgarraba con cada acorde. Mi cuerpo se alzaba, al tiempo que mi alma se colaba por el sumidero arrastrada por la corriente. «Dale un beso a mamá.» Solo tenía que esperar a la cálida promesa de la carroña…

¡Stop!

Bien, has terminado el relato. Si te has quedado sin saber qué pensar, puedes leerlo otra vez o las que hagan falta para extraer tus conclusiones. A partir del siguiente apartado viene la explicación del iceberg.

El iceberg

Yolanda es una madre nefasta. No hace nada en casa ni trabaja fuera de ella. Vive solo para satisfacer sus caprichos e instintos. No solo lo hace con su marido, sino que también recurre a desconocidos en muchas ocasiones. No lo hace a escondidas. Él es perfectamente consciente, como se ha visto con el alemán o el chico del servicio de habitaciones.
Nuestro protagonista se siente miserable por ser cómplice de esta actitud. Miente a su hijo y su familia para protegerla. A menudo piensa que debería dejarla. Sin embargo, la pasión y la lujuria pronto apartan a la razón. Se deja llevar y envolver por las promesas carnales, por perversas o humillantes que sean.

¿Qué os ha parecido? ¿Lo habíais entendido así o de otra forma? ¡Hacédmelo saber en los comentarios!

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