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Comprando a Alice

Os traigo una nueva entrega de las aventuras de Nick, mi vampiro favorito. En esta ocasión, prácticamente he fusilado una escena que interpretamos en la partida de rol, añadiendo los pensamientos y sensaciones de mi personaje. Espero que lo disfrutéis, porque conocer al señor Blatter es siempre un placer...


Comprando a Alice

El Baúl se abría ante mis ojos. Muy al contrario de lo que había pensado hasta traspasar las cortinas oscuras de la entrada, al final de ese angosto pasillo de Las Tres Esferas, no se trataba de una caja donde arrojasen los despojos de aquellos que resultaban molestos. Al contrario, parecía ser una especie de sala VIP especialmente ideada para los vástagos. Éstos bebían y hacían negocios en los cómodos sillones, mientras que sus aperitivos aguardaban ser cosechados, sentados y privados de cualquier función vital salvo la mera existencia. Homer estaba entre ellos, claro. No parecía que sufriera. Se había convertido en un enorme muñeco carente de voluntad.

Como ya sabía, el dueño de todo aquello era el pérfido William Blatter, que se hallaba en la sala en compañía de Sara de Luca. Era agasajado y atendido por un grupo de vampiresas extremadamente obedientes. Me preguntaba si lo harían por decisión propia, esperando obtener algún favor, o serían tan esclavas como los pobres desdichados que habían pasado a formar parte del Baúl.

La chica me había saludado al entrar y fue el propio Blatter quien me hizo una seña para invitarme a acercarme. Teniendo en cuenta que aquella cita había sido concertada por la propia Sara, estaba claro que había algo más en juego que el futuro de Homer. Ese asunto ya parecía dirimido. Ni siquiera estaba seguro de que pudiera recuperar una vida relativamente normal si lograba sacarlo de allí. Al menos no sufría.

—¡Hombre, Nick! ¡Ya quería conocerte! Un placer —me saludó, tendiéndome una mano que estreché no falto de recelo que procuré que no se trasluciera—. Sara me ha hablado mucho de ti.

—El placer es mío —contesté, mirando de reojo a la chica—. Ah, ¿sí?

—¡Le hablo bien de ti a todo el mundo, Nick! —dijo con su característica alegría desenfadada.

—Siéntate, por favor —me pidió. Accedí, tratando de averiguar para qué demonios me encontraba allí—. ¿Quieres tomar algo?

—No, gracias —rechacé, pensando en el lugar de donde salía la sangre allí.

La situación me estaba resultando un tanto tensa. Todo el mundo allí bailaba al son que marcaba la serpiente que tenía delante, pero yo era consciente de los métodos despreciables que ese hombre utilizaba para alcanzar sus metas. Tenía la tentación de llevarme la mano al bolsillo interior de la chaqueta, sacar la pistola y descerrajarle el cargador entero en la cara. Dudo que ni siquiera él fuese capaz de resistir eso. Pero, ¿y después? Tenía allí un séquito de siervas de la estirpe y había más gente en la sala. ¿Podría salir de allí con vida? ¿Podría pasar alguna noche tranquilo a partir de entonces? No me quedaba más remedio que contenerme y esculpir una fachada indiferente para ocultar mis sentimientos ante semejante monstruo.

—Alice trajo a tu… compañero —comenzó Blatter, refiriéndose al desdichado Homer, que asistía inconsciente a la escena desde la distancia—. Es una buena forma de deshacerse de la gente sin dejar rastro. Lo interrogamos por si acaso. Nos dijo que te sería útil. —Cogió una pequeña carpeta y me la tendió—. Ten.

Cogí la documentación del interrogatorio y le eché un vistazo por encima. Tampoco parecía haber nada relevante para resolver el caso de Lisa Akkerman. Tan sólo cosas superfluas que ya sabíamos o que no aportaban valor alguno a la investigación. El único dato reseñable era que en los últimos tiempos habían dejado de acudir tres de las prostitutas en un espacio relativamente corto, algo extraño, aunque a lo que tampoco se le dio mayor importancia.

—Bueno, parece que no hay nada interesante.

—Sara, por favor, ¿nos dejas solos, cariño? —le pidió cuando terminé de ojear el informe.

—Ehm… vale… —No se la veía muy convencida y Blatter no tardó en insistir.

—Ahora.

—Sí.

Mientras yo dejaba la carpeta a un lado, ella se incorporó, bastante obediente, y se alejó ante mi escrupulosa mirada. Recordé el primer día que me encontré con ella en ese mismo local. Cuando Blatter apareció acompañado de Alice, en la distancia, ella me había abrazado como si intentara protegerme de algo. La duda que había demostrado hacía unos segundos volvió a traerme esa sensación de vuelta. Ella sabía de lo que era capaz su amo y, de algún modo, quería evitar que me viese enrollado en sus anillos.

—¡Bueno, Nick, tengo que felicitarte! —exclamó el hombre, dejándome un tanto desconcertado.

—¿Por qué?

—¡Has conseguido, de verdad de la buena, que Alice sea absolutamente eficiente! Mi enhorabuena.

—¿Es que antes no lo era?

—No tan eficiente… o al menos no de tan buena gana —admitió. «No me extraña» —pensé para mis adentros—. Eficiente lo es cualquiera con el incentivo adecuado.

—Cada uno tiene sus métodos —repliqué, procurando no ser demasiado incisivo.

—Supongo que sí. Aprecio los tuyos. —Se le dibujó una sonrisa en el rostro sibilino—. Conozco… más o menos algunas de las hazañas de tu sire, a la que admiro profundamente. Y, si estoy bien enterado, has heredado gran parte de su talento, si no todo.

—Creo que el término “heredar” es un poco extraño en nuestro caso.

—¡Ah! ¡Heredar, aprender, desarrollar bajo tutela…! ¡Es lo mismo!

Me daba la sensación de que Blatter se estaba yendo por las ramas. Casi podía visualizarlo como a una serpiente de verdad, dando vueltas alrededor de su presa, aproximándose cada vez más hasta estar seguro de poder estrangularla sin problemas. Conocía el juego. Yo era un buen mentiroso; un estafador genial; un maestro en el arte de la palabra. Sabía reconocer cuándo me encontraba enfrente de otro, aunque él era más taimado y frío.

—Tengo un problema con Alice, Nick.

—¿Sí?

—Normalmente, la iniciativa Nuevo Ágora no se mete en lo que hacen sus… miembros con su vida, siempre y cuando respeten ciertas normas. —Estaba siendo extremadamente pausado a propósito—. Con Alice, sin embargo, me temo que está habiendo cierto conflicto de voluntades. Al fin y al cabo, la sangre es lo que es, y los contratos son lo que son. Es complicado mantener ese equilibrio. Espero que lo entiendas. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras calasen.

—Por supuesto. —Cada vez veía los anillos más cerca, sin saber exactamente dónde estaba la trampa en la que no debía pisar.

—Verás, invertimos mucho tiempo en la formación y el comportamiento de cada uno de nuestros hombres. Somos la excelencia de este mercado. Por eso tenemos el monopolio.

No entendía de qué me estaba hablando. ¿Nuevo Ágora? ¿El mercado? Aquello empezaba a sonar a un discurso de sociedad iluminati o algo por el estilo. No obstante, sabía perfectamente que Blatter no era ningún payaso ni tampoco un necio. Cualquiera que fuese el objeto de su grupo, no era ninguna estupidez como aquella.

—Disculpe, pero no sé a qué se refiere. ¿Qué mercado? —dije con franqueza.

Él ladeó la cabeza, entre sorprendido y divertido. No parecía esperarse que yo no supiera nada del asunto. En cierto modo, eso me hizo pensar que me sobrestimaba. Quizás era su manera de tratar con la gente, siempre tender a valorar por encima de la realidad para no llevarse sorpresas desagradables. No era un mal sistema.

—¡Alice…! ¡No te lo ha contado! No sé de qué me extraño.

—¿Debería haberlo hecho? —inquirí, queriendo llegar al fondo de todo ese asunto.

—Me parece curioso que no lo haya mencionado siquiera. En cualquier caso, está en su derecho. Ya te he dicho que no nos metemos en lo que hacen de puertas para fuera, siempre y cuando no interfieran al resto del mundo. —La diversión del hombre se tornó en severidad—. Desde la Hardast, entendemos que el mundo está mal organizado. Al fin y al cabo, ¿qué sentido tiene un sistema que establece que todos somos iguales ante la ley, cuando ni siquiera somos de la misma especie? Creemos que… ha llegado el momento de dar un paso más. Esto es discutible, obviamente. No estamos aquí para hablar de ética.

Desde luego, debía de estar muy seguro de que aquellas afirmaciones no iban en contra de ninguna de las tradiciones de la Camarilla para confiármelas tan a la ligera. ¿Es que había gente en las altas esferas que pensaba como él? ¿Estaba respaldado por la corona y la primogenitura? El escenario se volvía cada vez más siniestro. ¿Se podía confiar en alguien? ¿Había algún maldito vampiro que no estuviera podrido en Estocolmo? ¿Y en el resto del mundo?

—La organización Nuevo Ágora se dedica a fabricar sirvientes… ¡esclavos! Del siglo XXI, evidentemente, con todas las competencias que pueden ser necesarias. Grandes informáticos, ingenieros, artistas… ¡lo que sea! ¡Lo que el cliente precise! Pero no perdamos el norte: son lo que son; son esclavos; tienen dueño; pertenecen a alguien. —Era pasmosa la frialdad con la que hablaba—. Y mientras eso les quede claro, el resto de sus vidas no nos importa; no nos metemos. Sin embargo, cuando surgen ciertas diatribas como la de la sangre, tenemos que tomar cartas en el asunto.

Sí, ahí estaba. Ésa era la trampa. Alice era sólo eso para él, una esclava más, adiestrada para cumplir con su cometido. Parecía que la relación que había establecido con ella estaba interfiriendo con los intereses de Blatter o de su organización de una forma u otra. Ése era el motivo por el que estaba allí y no Homer; ésa era la razón para que Sara le hubiera hecho ir hasta las mismas fauces de la serpiente, que ahora empezaba a enseñarle los colmillos.

—¡Conozco a Alice desde que era una niña! No me gustaría… no, no me gusta mancharme las manos de esa forma; no me parece bonito. Vamos a ser claros, señor Halden; porque su apellido es Halden, ¿verdad? —Podía percibir cómo los anillos acababan de cerrarse—. Ahora mismo Alice es más un problema que un efectivo útil. Así que, tenemos dos opciones: o adquiere su plena propiedad, o prescindimos de ella.

—¿Y cuál es el precio?

—Bueno, como comprenderá el dinero no es una opción en este caso. Mucha gente compra sus ghouls. Sobre todo toreadores; abrazan a sus artistas. Recuerdo la chica, a la cantante. Había demasiada gente pagando por ella; nunca he sacado tanto precio de alguien. Sara se encargó de hacerle los tatuajes; normalmente se los sigue haciendo; le quedan especialmente bien. Además, es un buen sistema. Una vez adquieres su propiedad, son completamente tuyos y ellos lo saben. Están bien adiestrados desde niños. No se quejan; no pueden quejarse. No se oponen; no dan problemas; no dan un ruido. Entenderá que… trabajamos con favores. Y, sinceramente, dadas sus capacidades, un favor que pudiera hacernos en un determinado momento nos parecería bastante útil, por lo que podríamos solventar este asunto de manera rápida y sin incidencias desagradables para nadie; sobre todo para Alice. ¡Le tengo cariño a esa muchacha! ¡Le he dado demasiados caramelos de niña como para no tenérselo!

La sangre me estaba hirviendo en las venas. Ése desgraciado no sólo había sido capaz de convertir a Alice en poco más que una psicópata y lanzar una maldición que la iría dejando sin sentidos progresivamente, todo para servir a sus fines, sino que ahora hablaba de deshacerse de ella con un cinismo escalofriante. No le importaba nada ni nadie, sólo él mismo, y tal vez su cuadrilla y esa organización llamada Nuevo Ágora.

De veras me costó reprimir las ganas de volarle la cabeza allí mismo. No sabía cuánto tiempo tendría antes de que se me echaran encima. ¿Unos segundos? Quizás no fuese suficiente para dejarlo como un colador y asestarle la muerte definitiva. Sentía a la bestia pugnando por salir, haciéndome tentadoras promesas sobre muerte y venganza. No obstante, sabía bien que no estaba en el mejor sitio. Aquel plato, especialmente preparado para Blatter, tendría que ser servido en frío.

Traté de rebajar el precio fingiendo desinterés, aunque me daba la impresión de que esa sucia serpiente sabía de sobra que tenía la sartén por el mango. Podría haber roto la baraja, haber decidido que no estaba dispuesto a concederle un favor a alguien así. Se me hacía difícil. Me sentía un traidor después de que Alice me hubiera hecho prometerle algo tan duro cuando me regaló la pistola: «si alguna vez pierdo el control, prométeme que la usarás». ¿Cómo podría trabajar con Blatter sin sentirme un miserable?

En cualquier caso, no me quedaba otra opción. Si no accedía… Alice estaba en grave peligro. No albergaba ninguna duda de que esa víbora no tendría reparo alguno en matarla. Aunque confiara en poder esconderla, en poder mantenerla alejada de él… ¿tenía derecho a arriesgar su vida? ¿Confiaba tanto en mí mismo como para asumir tanta responsabilidad? Si algo fallaba… No, no podía; no debía.

Terminé por firmar los papeles, por comprar la libertad de Alice a cambio de algo que todavía desconocía lo que sería, pero que con toda seguridad me obligaría a vender mi alma a esa serpiente. Sin embargo, me prometí a mí mismo que eso no quedaría así, que no sería un simple favor lo que recibiría a cambio. Ese contrato me ayudaría a acercarme al sethita, a conocer su mundo y hasta dónde llegaban sus tentáculos. Pensaba seguirlos, indagar hasta lo más profundo de su repulsivo nido y, una vez que supiera todo lo necesario, lo haría desaparecer de la faz de la Tierra.

Pero la noche no había terminado. Antes de salir de Las Tres Esferas, un muchacho me llamó desde un rincón por mi nombre. Lo miré extrañado, sin reconocerlo, y parecía que él tampoco tenía claro que fuese yo a quien buscaba. Lucía una apariencia joven, en torno a los 20 años. Vestía de forma casual, con vaqueros y una sudadera de Nirvana. Me acerqué a él, preguntándome qué sería lo que querría. Esperaba que no fuese otro amiguito de Blatter.

—Me llamo Rudolf; Tremere —se presentó. Se lo veía bastante apurado, como si acabase de echar una carrera—. Has estado con Blatter, ¿no?

—Sí, ¿por qué?

—Escúchame: yo no debería estar haciendo esto, pero… ME ha avisado Sara.

Aquellas palabras no dejaban de traslucir más de lo que yo ya había supuesto. Ella conocía desde un principio el contenido de la reunión que había mantenido con Blatter. Me había citado a sabiendas de ello y, siendo amiga de Alice, era natural el nerviosismo y la preocupación que había demostrado cuando su amo la había hecho marcharse.

—Escúchame con atención —prosiguió—: Sea lo que sea lo que te vaya a pedir, no accedas. Busca una laguna; busca cualquier cosa, ¡lo que sea! ¡Pero no le hagas caso, Nick…!

Lo miré de nuevo de arriba abajo, evaluando lo que acababa de decirme. Sara tenía mucha confianza en mí, desde luego. Nada le garantizaba que no hubiera rechazado la oferta de Blatter. La opción de renunciar a Alice con tal de no hacerle un favor a ese hijo de puta siempre había estado ahí. Aun así, se había molestado en llamar a un brujo para advertirme del peligro que corría si hacía caso de lo que me dijera la serpiente. O me conocía demasiado bien, que lo dudaba, o conocía estupendamente a su amo y aquella escena se repetía más de lo que Blatter estaría dispuesto a admitir. «Es un grandísimo hijo de puta, eso está claro.»

—¡Retuércelo! Sara me ha contado que se te da bien mentir. ¡Cuando te pida lo que sea, retuércelo! ¡Pero no sigas sus instrucciones! Ya tiene demasiado poder; y si sigue acumulándolo… no va a haber quien pueda pararlo en la ciudad, ni siquiera la corona.

De verdad parecía asustado por la posibilidad de que Blatter consiguiera algo de mí. ¿Qué era lo que estaba pasando? Algo me decía que ningún Tremere saldría de la seguridad de las cuatro paredes en las que vivían estudiando y cometiendo felonías si no hubiera un motivo verdaderamente grande detrás. Pero… eso significaba que Sara, incluso este individuo que parecía un mocoso al lado de otros vástagos, sabían más de lo que querían decir. No me gustaba ese juego. Básicamente, se estaban dedicando a ponerme una zanahoria delante para que yo la siguiera a ciegas, sin saber muy bien dónde acababa el camino.

—Gracias, lo tendré muy en cuenta —repliqué, procurando guardarme mis pensamientos.

—Éste es mi número de teléfono —dijo, tendiéndome una nota—. No sé si podré ayudarte en algo o no, pero… Sara me ha dicho que es importante para ella y… Llámame si necesitas cualquier cosa. ¡No soy un gran vampiro, un superguerrero, pero…! Lo que pueda hacer…

—De acuerdo. Encantado de conocerte. —Todavía no sabía muy bien cómo tomarme aquello.

—Igualmente… y… si puedes… eh… En la medida de lo que puedas… Tú… tú te mueves más por el mundo que yo; yo tengo que estar… barriendo, básicamente, en la capilla. Cuida de Sara, ¿vale? No quiero que le pase nada malo; no me gusta ese tío. Ni ese tío, ni ninguno de los suyos —agregó con tono de disgusto—. ¡Puto asco…!

—Ya, a mí tampoco.

—¡Por favor…! ¡Sé que me acabas de conocer y que no te debo de inspirar mucha confianza, pero…! No quiero que le pase nada.

—No te preocupes, haré lo que pueda —traté de tranquilizarlo. En verdad parecía desesperado y atemorizado—. Aunque… quizás no sea suficiente.

—Ya lo sé… —contestó, resignado—. Bueno, debería irme. Yo no tengo permiso para salir hoy. Ten cuidado, ¿vale? Ten mucho cuidado.

Nos despedimos con un apretón de manos y el chico se perdió en las profundidades del Infierno cubierto con la capucha de la sudadera. Yo hice lo propio y me encaminé de vuelta al apartamento de la agente Sandell.

Por el camino, no paraba de pensar en todo lo sucedido. ¿Qué era lo que Blatter quería de mí, que Sara sabía y que podría ser tan terrible para toda Estocolmo? Había ciertas palabras que me inquietaban, pronunciadas por el sethita como un halago, aunque ahora sonaban más siniestras: «admiro a tu sire». ¿Querría algo de Leblanc? Eso encajaría con la predicción del oráculo: «deberás sacrificar algo muy querido para ti para salvarlos». No obstante, había otra parte que no dejaba de rondarle la cabeza:

«Por cierto, ¿sabes que no hay hombre en el mundo más simpático que el diablo? Ten cuidado con el genio de la pirámide. El problema del diablo no es que sea el diablo, es que es viejo.»

Podía enlazar la parte del genio de la pirámide con Blatter, ya que era un sethita y ellos provenían del antiguo Egipto, aunque también cabía la posibilidad de que se refiriese al Tremere. Por lo poco que sabía de ellos, se estructuraban en forma de pirámide en la jerarquía y se referían a sí mismos como tal. Eso encajaría un poco mejor con el adjetivo «simpático», ya que esa víbora con la que acababa de estar no disfrutaba del privilegio.

A pesar de todo, había una incógnita más: «¿quién eres, Sara de Luca?» Sabía que era ghoul y, por lo visto, esclava de William Blatter. Entonces, ¿cómo era posible que tratara de torpedear sus planes? ¿Por qué no me había interpelado ella misma acerca de la poca conveniencia de acceder a lo que su maestro me ordenara? ¿Era una espía de alguien? ¿De la Corona? ¿De los Tremere? ¿De alguien en conflicto con la serpiente y que podría llegar a ser todavía peor?

Desalentador era pensar que las autoridades de la ciudad estuvieran al tanto de lo que se hacía allí, en el Baúl y en la organización Nuevo Ágora, y que nadie hiciera nada. ¿Estaban de acuerdo, no querían mancharse las manos o temían el poder del que disponían sus miembros en el bajo mundo?

Demasiadas cuestiones sin respuesta. La única que podía llevarme a casa en el bolsillo era que Alice, por fin, era libre.

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