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El monstruo que soñaba con ser artista

Ayer estaba revisando las noticias cuando me encontré con este artículo. Los escándalos de abusos sexuales hacia actrices por parte de algunos cineastas han hecho arder las redes y las calles en los últimos meses. Un clamor popular se ha rebelado contra esta práctica asquerosa y los pedestales de grandes personalidades se han resquebrajado. La chispa ha prendido y el incendio se ha propagado a otros ámbitos. Cada vez más hombres de diversas esferas son tachados como depravados.

La cosa ha llegado a un punto en el que las productoras de cine se han planteado la eliminación parcial o total de una película en la que estuviera involucrado alguno de estos tipos. Por eso abrí el artículo con curiosidad. Quería conocer la opinión de la autora al respecto. Salí un poco defraudado. Al final resultó ser un texto para excusarse a sí misma. Pensar que todo artista debe ser un poco monstruoso por dentro, egoísta, sacrificarlo todo por su obra... No deja de ser una forma alternativa del famoso dicho sobre que para escribir hay que estar ebrio. ¿Qué tendrá que ver? Si no puedes dejar el alcohol, no le eches la culpa a los libros.

Aun así, el tema que proponía el titular y que se aborda de una forma más o menos acertada en el texto me sigue pareciendo interesante. ¿Debemos rechazar cualquier forma de arte que venga de alguien que consideremos una mala persona?

Lo cierto es que no parece que lo hayamos hecho nunca antes. Los ídolos del mundo de la música y del cine han protagonizado truculentas historias desde siempre. Excesos, drogas, comportamientos poco éticos... Sí, por supuesto que los sectores más tradicionales veían en esos hippies el fantasma del diablo, pero los jóvenes hemos abrazado sus figuras sin reticencias. ¿Quién no ha soñado alguna vez con llevar esa vida de desenfreno y diversión? Muere joven y deja un bonito cadáver.

Al margen de eso, el arte nace de los sentimientos. Creo que podemos sentir solo porque somos seres imperfectos. Eso nos reporta alegría ante nuestros éxitos y tristeza ante los fracasos; nos produce ira ante las provocaciones y dolor ante las decepciones. Todos tenemos esa dualidad. La virtud inmaculada no existe más allá de algunos cuentos.

Esto quiere decir que cualquier artista en que pensemos tendrá sus propias miserias personales. Sí, puede que no sean tan graves ni tan conocidas como las que estamos descubriendo durante estos meses. Esa es la clave. No las sabemos. Antes de que estallaran los escándalos, nadie cuestionaba el talento de estos cineastas. Nadie se planteaba dejar de ver sus obras o incluso intentar censurarlas. ¿Por qué hacerlo ahora? ¿Por qué es más grave este caso que los miles que han sucedido y los miles que sucederán? Las estanterías están llenas de monstruos, solo que el público no lo sabe.

Cualquier obra artística cuenta con una parte ofrecida por el autor y otra que tiene que poner el espectador. Este último no puede permanecer ajeno a la realidad que le rodea ni al momento de su vida. Y, sin embargo, creo que alguien que interprete una obra artística en función de lo que se sepa o no de su autor, es alguien que no está dispuesto a asumir que todos tenemos un lado oscuro. Una sombra que no tiene por qué opacar por completo el resto de facetas que nos conforman.

Somos libres de leer lo que queramos, de ver lo que queramos y de escuchar lo que queramos. Esa es nuestra suerte. Una fortuna de la que no se ha podido disfrutar durante siglos. Del mismo modo, cada uno experimenta el arte de una manera distinta en función de quién es y de sus circunstancias. Descubrir las maravillas salidas de una mente monstruosa es la mejor manera de aprender que el mundo no es blanco o negro. No nos arrebatéis el arte en pos de unos ideales u otros. Ya hemos perdido mucho a causa de esto.

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