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El voto

Un voto…. ¡Un miserable voto…! Me dolía la mandíbula de tanto apretarla. Llevábamos meses negociando la reforma. Un golpe de mano magistral en la última semana para sacarla adelante. Y, de repente, ¡todo se había ido a la…!

¡Prrfff…! Plonk. ¡Ay, al fin! Me acaricié el vientre con alivio. Siempre me pasaba. Cuando llevaba mucho estrés en los pantalones el culo se me cerraba como si me lo hubieran sellado con silicona. Se quedaba ahí, ni para adelante, ni para atrás. Tener que hacerlo en los baños del congreso tampoco ayudaba, sobre todo sabiendo que un escolta uniformado con gafas de sol me esperaba al otro lado de la puerta del cubículo con una cara de póker bien ensayada.

En fin. Tendría que encargarle una dosis extra de bífidus diaria al cocinero. Esto de la geometría variable amenazaba con estrangularme el intestino. Miré el reloj. ¡Las 10:23! La sesión estaba a punto de empezar. Me limpié el culo a toda prisa y me subí los pantalones. Para cuando abrí la puerta, ya había recuperado toda la dignidad que un presidente de una nación puede perder en un baño público.

—Señor… —comenzó mi escolta, dubitativo—, la bragueta.

Bueno, casi toda. Me la subí de un tirón, irritado, y me acerqué a lavarme las manos al lavabo. Mientras me enjabonaba, la puerta del baño se abrió. Vi reflejado en el espejo a Pablo, quien atendía una llamada que le estaba arrancando el sudor de la sien.

—Luego te llamo, que tengo que atender una cosa importante.

Colgó. Se puso frente al urinario y escuché el eco de la cremallera bajándose. La orina salpicaba la loza como si se tratara de una catarata, mientras Pablo gemía aliviado.

—¡Puff…! Me van a salir piedras en el riñón a este paso. —Tiró de la cadena. Él sí que recordó subirse la bragueta antes de darse la vuelta—. ¡Hombre, Pedro! ¿Qué tal vas de lo tuyo? —me dio una fuerte palmada en la espalda.

—Pues ya ves… Si no salgo de esta semana con una buena flor de almorranas, será un milagro.

—Sí, vaya faena. Mira que toparte con unos tránsfugas… —Lo miré de reojo con recelo mientras se lavaba las manos a mi lado.

—Por supuesto, tú no tienes nada que ver…

—¿Yo? ¿Qué te crees? ¿Que me apetece tumbarte el gobierno ahora mismo? —Negó con la cabeza mientras ponía las manos debajo del secador—. ¡Lo que me faltaba! Tal como están las cosas, la que iba a surfear esa ola iba a ser Isabel, no yo. A mí me iba a arrojar como un desecho a la orilla con suerte…

Desvié la vista hacia el escolta, que aguardaba como una estatua junto a la puerta. Bastó un gesto para que me entendiera. Asintió de manera casi imperceptible y abandonó el baño casi sin hacer ruido. ME encantaba su discreción. Justo lo que no tenía en el consejo de ministros…

—Tú la pusiste ahí —le recordé.

—Sí, era la cabeza de turco perfecta… Mira que sois malos, ¿eh? Lo teníais a huevo y ni así conseguís ganar unas elecciones en Madrid. —Me sequé las manos, circunspecto. No le faltaba razón—. Pero mira, me lo tengo bien merecido. Pensaba que, después de todo, iba a ser un bonito grano en el culo para ti, y al final…

—De esta no salimos…

—Han sido buenos tiempos, ¿eh?

Nos miramos a los ojos unos segundos. Una sonrisa ingenua se nos dibujó en la cara. Luego bajamos la vista. Me vi a mí mismo hacía unos años, sentado en un plató de televisión. El Pedro inocente. El que pensaba que aquello sería un acoso y derribo contra Mariano por parte de todos. El que trataba de ser simpático y se reía de los chascarrillos de los otros con sinceridad, sólo para que le partieran la boca de derecha y zurda. Aquella noche había aprendido que en la política rige la ley de la selva. Los más fuertes devoran a los más débiles.

Una lección que no iba a olvidar. Que iba a convertir en mi dogma. Sí, ninguno de los dos lo habíamos tenido fácil. Y, pese a todo, nos habíamos mantenido firmemente atados al mástil de nuestro buque. No importaba cuánto agitara la embarcación la marea. Siempre sacábamos la cabeza a flote.

Sin embargo, aquello era distinto. Era una de esas olas monstruosas de las que hablaban los marineros. Un mito, una leyenda, hasta que por fin se habían conseguido grabar a finales del siglo XX. Un muro líquido tan duro como una muralla de granito. Infranqueable. Implacable. Una ola que aparecía de repente y era capaz de partir un transatlántico por la mitad.

—¿No os podéis abstener? —le tanteé.

—¿Qué dices? ¿Cómo iba a venderle eso a la gente? Llevamos meses… años… oponiéndonos a esta reforma. Sólo va a traer pobreza a España. —Se llevó la mano al pecho en un gesto solemne con fingida afectación.

—No es tan diferente de lo que habíais dejado vosotros.

—Eso no importa, Pedro, ya lo sabes. —Se encogió de hombros—. Sí, puede que no sea el diablo comunista, pero no podemos cambiar a última hora. No quiero ser el nuevo Albert. —Se llevó la mano al mentón—. Aunque puede que haya algo que podamos hacer…

—¿Puedes convencer a los tránsfugas?

—¡Mejor aún! Puedo pedirle a algún diputado que se equivoque. Sólo necesitas un voto, ¿no? Colará. La gente ya está acostumbrada a vernos jugando al Candy Crush. Que se le vaya el dedo a alguien no será una novedad. —Se metió las manos en los bolsillos con una enorme sonrisa—. Además, me vendrá bien. Tongo, pucherazo, robo… Igual que en el fútbol, ¿sabes? Risas y bilis, todo cortesía de Twitter y la televisión.

—Eres perverso… A veces me das miedo.

—¿Y me lo dices tú, que te quitaste de en medio a todo el mundo para volver a Ferraz?

De nuevo nos sonreímos, aunque esta vez no había rastro de ingenuidad o melancolía en el gesto. Nos ajustamos la corbata. Dejé que Pablo saliera primero. Al rato lo hice yo. Para entonces, ya lucía mi sonrisa más televisiva. Cabeza alta y paso seguro. El escolta arqueó una ceja.

—¿Buenas noticias, señor?

—Sí, creo que por fin me he librado del estreñimiento.

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