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Aprende a escribir narrativa V: Diálogos

El diálogo es una parte importante de la narrativa y a la vez no muy comprendida por muchos autores noveles. A menudo encuentro por internet textos en los que se abusa de él o se deja de lado. Estamos acostumbrados a hablar todos los días con mucha gente. Sin embargo, es difícil plasmar sobre el papel unas líneas que de verdad merezcan la pena.

¿Se puede escribir sin diálogo? Sí, claro que sí. En ese caso, tendremos que tener en cuenta que el resultado se apoyará mucho en las acciones y el mundo interior de los personajes. Si no es lo que buscamos, será mejor que aprendamos cómo utilizar esta herramienta, para qué cosas es ideal y para qué cosas debemos evitarlo.

Lo primero que debemos valorar es que un diálogo rompe la narración. Esto puede parecer obvio, pero es un punto fundamental. Si nos detenemos constantemente con diálogos irrelevantes, el ritmo del relato se va a resentir. Por tanto, lo primero que hay que pensar es si de verdad necesitamos un diálogo para plasmar lo que tenemos en mente.

El diálogo es conceptualmente diferente de la narración. Mientras que la última cuenta lo que pasa, el diálogo nos muestra una interacción de uno o varios personajes con su entorno. No solo cuentan las intervenciones y lo que se dice, sino también lo que se hace. Las reacciones, los gestos, las miradas... Todo ello forma parte del diálogo. Esto lo hace una herramienta fabulosa para las escenas en las que queremos mostrar algunos rasgos de los personajes o cómo es la relación entre ellos.

David Vicente, mi profesor de escritura, tiene una regla fundamental: el lector tiene que salir del diálogo sabiendo algo más de los personajes. A mí me parece bien como forma orientativa de identificar los lugares donde procede introducir un diálogo, pero también pienso que no hay que ser tan estrictos. Aparte de aportar más sobre los personajes, creo que el diálogo a veces nos permite salvar partes de la narración que serían un tanto farragosas y lentas si no lo hiciéramos así.

Las novelas de acción son un claro ejemplo de cómo el diálogo agiliza las cosas. Suelen intercalar breves acotaciones con las intervenciones de los personajes, sin detenerse a narrar las cosas más de lo necesario. Si podemos aplicar este principio a este género, ¿por qué no a todos? En su justa medida para cada caso, claro.

Pero, ¿no hemos dicho antes que el diálogo rompe el ritmo de la narración? Sí. Esto no quiere decir que un diálogo contribuya negativamente al ritmo de la obra. Lo que no debemos hacer es interrumpir constantemente la narración con diálogos que no aporten nada. Hay cosas que es mejor pasar de puntillas con un par de líneas narrativas y otras en las que es mejor detenerse con varias páginas de diálogo.

No debemos dialogar igual que hablamos. Esto tiene dos vertientes. La primera es que los personajes deben tener su sello propio en las intervenciones. Como hemos dicho, vamos a mostrar sus rasgos. Si hablan exactamente igual que el narrador, el lector no encontrará la diferencia y será muy difícil dotarles de carisma propio. La segunda es que debemos evitar coletillas, frases vacías y todas esas cosas que decimos en la vida real con las que no decimos nada.

¿Quiere esto decir que nunca debemos plasmar diálogos insulsos? No. Como ejemplo, os dejo aquí un fragmento de una obra mía todavía inédita:



—Estás con Irene. —El entusiasmo había desaparecido y la voz me temblaba un tanto.
—Sí. —Ni siquiera pensó en ocultarlo—. Íbamos al centro.
—Yo voy a casa de unos amigos. Montan una buena fiesta.
—¿Sí? Pásalo muy bien.
—Gracias, vosotros también.

 En este caso, mi intención al introducir este diálogo anodino es resaltar la frialdad con la que ambos personajes se están tratando a causa de las circunstancias. No obstante, si esto lo introdujésemos en otro contexto, podría ser absolutamente prescindible e incluirlo sería un error, pues no estaríamos mostrando nada de interés.

Igual que el diálogo interrumpe la narración, sucede lo mismo a la inversa. Si decidimos incluir un diálogo, no podemos entrecortarlo continuamente con párrafos y párrafos que ralenticen el ritmo hasta conseguir que el lector ya no sepa quién está hablando o de qué iba la conversación. Las acotaciones tienen que ser las justas, tanto por arriba como por abajo. Si nos quedamos cortos, parecerán cabezas flotantes hablando en el vacío y no conseguiremos transmitir lo que queríamos.

Como siempre, no existe una fórmula exacta. El autor debe actuar conforme a su criterio y a veces a la intuición. Esto puede marcar la diferencia entre que una obra sea buena o genial. No obstante, estad seguros de que si utilizáis mal esta poderosa herramienta, el resultado será desastroso.

En la próxima entrega hablaremos del lenguaje poético. Quizás sea el apartado sobre el que más he aprendido en lo que llevo de curso de escritura.

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