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Ratas compradas y la muerte dentro de mi pecho

Aquí os traigo una nueva entrega de las peripecias de Nick. Poco después de lo que se cuenta en la última entrada, nuestro vampiro favorito cae en una trampa. La profecía del oráculo solo cobra sentido una vez que todo sale mal. ¿Podrá salir de esta situación tan complicada?

Ratas compradas y la muerte dentro de mi pecho

«Vives en una alcantarilla, y tu alcantarilla es peor que la mía, Nick. Al menos, a mí mis ratas no me venden; mis ratas no están compradas. Y al menos mi corazón no estaba muerto antes de que yo muriese. ¿Puedes tú decir lo mismo? No, te lo digo yo. Y será esa muerte dentro de tu pecho la que consuma las únicas cosas que te importan, a menos que consigas despertarlo.»

Vincent… Ese nombre no iba a olvidarlo por muchos siglos que transcurrieran. No, se lo había ganado a pulso. Lamentablemente para él, no iba a esperar tantísimo tiempo. Yo tenía siglos por delante para rumiar la venganza, al menos si no moría en alguna de las misiones suicidas que acostumbraba a hacer con mi cuadrilla, pero él era mortal. Sólo le quedaban unas décadas para conocer el frío abrazo de la muerte… ¿o no?

Durante los cuatro días que estuve postrado en el suelo, en medio de la sangre y la carne putrefacta, cortesía de Jeremiah Zantosa, se me ocurrieron muchas y muy perversas ideas. El hacker iba a ser afortunado si sólo ponía en práctica una de ellas. Si pensaba que podría vivir tranquilamente el resto de su vida en algún paraíso tropical, iba a demostrarle que la vida real era mucho más cruda que su Matrix.

¡Con todo lo que había hecho por él! ¿Cómo se había atrevido a venderme a los Zantosa? ¡No era más que una rata de cloaca avariciosa! ¿Es que lo que ganaba a mi lado no era suficiente? Bien, pues había cometido el mayor error de su vida. Yo le había dado lo que tenía fuera de las cuatro paredes de la habitación oscura donde solía pasar sus tristes noches antes de asociarnos; yo iba a despojarle de todo ello y más… Sería muy consciente del tremendo fallo que había cometido antes de que perdiese la razón.

Por si fuera poco, Anette también me había traicionado. Me había conducido directo hacia la trampa de Jeremiah y los suyos, e incluso me había envenenado de alguna manera con la sangre que me había ofrecido. Ella era la razón por la que no podía levantarme, por la que no conseguía que mi cuerpo reaccionara más que con temblores y espasmos.

No obstante, su caso era bien distinto del de Vincent. Por lo que había podido deducir, el patriarca de la familia la tenía presa mediante alguna clase de magia de sangre. Ella era un espíritu en tránsito, un fantasma. De alguna manera, Jeremiah había sido capaz de esclavizarla y atarla a aquel colgante. Era otra víctima más, a fin de cuentas, aunque eso no hacía que me sintiera menos estúpido por haber confiado en ella.

Hasta ese momento, pensaba que estaba yendo un paso por delante de los Zantosa, que era más listo que ellos y no conseguirían atraparme. La realidad era bien distinta. Era yo el que iba un paso por detrás, bailando al son de los hilos del titiritero. Ello me había conducido a esa situación, a tener que ayudar a los tres aparecidos a sobrevivir a la extinción de su linaje.

No obstante, la situación había cambiado en el mismo momento en que la trampa se había cerrado. Ahora estaba a su mismo nivel. Ya no estarían un paso por delante, lo que me daba la ocasión de adelantarme a sus movimientos. Y todo había comenzado en el mismo momento que había prometido ayudarles. «Protegeré a tu familia» —había dicho. Sin embargo, pronuncié esas palabras a conciencia, siendo verdad y mentira a la vez. No sé por qué se fiaba de un estafador, si de hecho acudía a mí por ese motivo.

Con lo poco que había observado a la familia, estaba claro que Farah no era más que una marioneta en manos de su padre y de su hermano Midas. La forma en que este último la había utilizado incluso delante de mí era… repugnante. Ella era a la única que pensaba proteger, tanto de quienes quisieran exterminar al linaje, como de sus propios familiares más cercanos.

Últimamente parecía el puñetero William Wallace. Había comprado a Alice para liberarla del dominio de Blatter y ahora tenía por delante la difícil tarea de ayudar también a una aparecida a la que no conocía de nada y a un espíritu del que no podía estar seguro de conocer. Por si eso fuera poco, tendría que lidiar con los Zantosa, la Ardast y la organización Nuevo Ágora. ¿Me estaría excediendo en mi afán de cargarme a los hijos de puta que poblaban el mundo? No, eran ellos los que no dejaban de joderme a cada momento que tenían la oportunidad. Puede que fuesen más; puede que fuesen más viejos y más sabios; puede que fuesen infinitamente más poderosos; pero iba a acabar con todos. Sólo era cuestión de tiempo.

Por fin, a la cuarta noche de yacer allí abandonado, pude incorporarme y salir de aquel antro de muerte. Dejaba atrás los cadáveres descompuestos de todos esos inocentes a los que Jeremiah había utilizado como señuelo para atraerme. «Culpa mía» —pensé, sarcástico. La locura de ese hombre no parecía tener parangón. Sí, quizás se llamasen igual, pero no los había involucrado en ningún momento. La única responsabilidad allí era suya y tendría que pagar por ello.

Cómo no, mi ausencia no había pasado desapercibida. Tenía varios mensajes de Alice, preocupada, y también de Kathleen. Ésta me emplazaba a no llegar tarde ni faltar a la reunión que había convocado el clan. El único problema era que eso había sucedido ya. «Es un verdadero fastidio hacer nuevos amigos y que sean tan sumamente absorbentes.» No me molesté en contestar. Sabía que estaría enfadada y, si acaso, sería mejor hablarlo cuando nos encontráramos en persona, antes de partir hacia las gélidas tierras de la madre Rusia.

* * *

Alice no tardó en llegar. Nada más verme, vino corriendo hacia mí y se abalanzó, cogiéndome totalmente desprevenido el beso. Lo hizo con tanto ímpetu que retrocedí un paso o dos, procurando no caerme. No me aparté. No quería hacerlo. La verdad era que… lo necesitaba.

Durante varios días después de haberla liberado de Blatter, ella había dormido conmigo. Decía que la agente Sandell sería muy mona y lo que yo quisiera, pero que necesitaba que alguien me protegiera durante el día. Qué razón tenía… si le hubiera hecho caso…

Aun así, no era eso lo que más me reconfortaba. Era el calor que su cuerpo dejaba en las sábanas. De alguna manera, me hacía sentir bien; me hacía sentir… vivo. Alejaba las pesadillas que solían atormentarme durante el día. En cierto modo, era mi amuleto, mi ángel guardián, aunque muchos la calificarían de diablo. Era la que siempre estaba ahí, la que siempre había estado ahí. Era la gata que ahuyentaba a las ratas traidoras, la única que me era fiel y, desde hacía poco, todavía más. Sí, el poder de la sangre era fuerte y lo enturbiaba todo, pero… más allá de ser un ghoul, mi ghoul, era Alice.

En cualquier caso, aquella noche fue completamente distinta. Las manos recorrían nuestros cuerpos con ansia, con cierta desesperación y alivio a la vez. Nos intercambiábamos el uno con el otro, turnándonos para cubrir al otro, para sustituir a las sábanas, que quedaron completamente arrugadas y desperdigadas en torno a la cama.

No fue como ninguna de las otras mujeres con las que acostumbraba a acostarme, en gran parte para alimentarme, pero también para disfrutar del sexo. En aquel momento, aunque nuestras mentes estuvieran nubladas por el frenesí de la carne, en el fondo sabía que había algo más, que aquello no era una simple noche de pasión desenfrenada. No sabía exactamente qué… pero podía sentirlo.

Las horas pasaron hasta que llegó el amanecer y caí en un profundo sueño del que no recuerdo nada más que una agradable calidez. Cuando desperté la noche siguiente, algo había cambiado dentro de mí. Lo sé porque no tuve la tentación de coger uno de mis sombreros. Ya no lo necesitaba.

Ellos me hacían sentir más seguro, como si nadie pudiera bucear en mi mente, en mi interior, mientras llevara uno puesto. Sin embargo, había dejado que Alice traspasara ese umbral. Ahora comprendía que no lo hacía para resguardarme de los demás, sino de mí mismo. Porque tenía miedo de mostrarme como era, de que eso me hiciera débil y vulnerable.

No obstante, ahora entendía que era una creencia estúpida. El calor de Alice no sólo no me hacía sentir desvalido, sino que me encontraba más fuerte que nunca, capaz de vencer en esa guerra que había comenzado: contra los Zantosa, contra Blatter y contra cualquiera que quisiera jodernos. Lo haría junto a Alice, con su ayuda, y saldríamos victoriosos. Porque lo único que no era mentira en todo mi entorno… era ella.

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