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Con la luna en los ojos

Como aperitivo a la presentación de El peso del silencio de este martes, os traigo este relato que presenté al concurso Mitos y Naturaleza, organizado por la Escuela de Escritura de la UAH. La propuesta consistía en escribir un relato basado en uno de cuatro mitos a elegir en el que se pusiera de manifiesto la acción del hombre sobre la naturaleza. Yo escogí el mito nórdico de los lobos Sköll y Haty. Si no lo conocéis, deberíais echarle un ojo antes de leer el relato. De lo contrario, dudo que lo entendáis del todo. Espero que os guste.

Con la luna en los ojos

El Sol echó a rodar y Sköll salió tras él. Yo confiaba en mi hermano. Era más raudo que el trueno; casi tanto como el rayo. Galopaba como un huracán entre la hierba. En su estela dejaba remolinos de hojas flotando y matojos aplastados bajo su zarpa. No lo dudaba. No tardaría en dar caza a ese orbe dorado.

Alcé el hocico. Fenrir, nuestro padre, observaba sentado y severo. La cadena que le anclaba el cuello al árbol estaba tirante, pero no le importunaba. Yo quería ser como él. Quería que estuviera orgulloso de mí. Que el amo dijese que Hati era tan veloz y fuerte como Sköll y su padre.

Miré al amo con impaciencia. Sabía que pronto me tocaría. ME acarició la cabeza. Jadeé de los nervios. Basculé hacia los cuartos traseros. El corazón me golpeaba el pecho con la ira de Thor. Estaba listo.

Entonces el balón plateado salió disparado a ras del suelo. Ladré y agité la cola, y corrí. Corrí como siempre; como nunca. Corría y esquivaba los árboles. Corría y saltaba sobre las raíces. Corría con la Luna en mis ojos. Nada más existía. Éramos ella y yo. Sköll y el Sol. Hermano contra hermano. Poder contra tesón.

Padre nos animó. Alcé las orejas y fruncí el ceño. ¡Más rápido! ¡Más rápido! El viento me vitoreaba en las orejas. Venía contra mí; volaba conmigo. abrí las fauces todo lo que daban de sí y atrapé la Luna cuando botaba. ¡Casi me paso de frenada! ¡Era mía!

Recordé lo que padre nos había enseñado. Zarandeé mi premio como si fuera un conejo al que quisiera partirle el cuello. Así era como se hacía. Así se cazaba la presa. Me deleité con ella. Apreté los colmillos y le arranqué un trozo de esa escama lunar que tanto me gustaba. Skoll le arrebataba los rayos al sol a mi lado.

Entonces escuché el tañido. Agaché las orejas y gemí asustado. Dejé ir a la Luna y me escondí detrás de Sköll antes de que él se escondiera detrás de mí. El amo blandía su serpiente con lengua de acero. Me estremecí al imaginar que lamía mi lomo con su fría e insensible caricia. Me tumbé, manso, y le ofrecí la tripa sin poder contener la orina. Sköll solo agachó la cabeza y gimoteó. Él era más valiente.

El amo nos arrebató el Sol y la Luna, y los guardó en lo más profundo de la noche, donde no podíamos verlos. No sabía cuándo volvería a tenerla entre mis dientes. Era un placer que nunca duraba demasiado y que siempre aguardaba con ganas.

Me puse en pie cuando vi la serpiente bailar lo bastante lejos en su mano. Miré a Sköll. Él olisqueaba el pie de un árbol. Alcé el hocico y le imité. Liebres… nuestro otoño había llegado.

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