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El número uno (corregido)

Ayer recibí la notificación del fallo del último certamen que me quedaba por conocer. Como el relato no ha sido premiado, os lo comparto aquí.

Muchos recordaréis este relato. Fue el primero que escribí para la escuela de escritura. Antes de Navidad David nos hizo corregir este primer relato que habíamos hecho para practicar las correcciones. Las lecciones fueron inmediatas. Como dice Stephen King en su libro, en torno a un 25% del texto sobra después de la corrección. En mi caso se fue al 30% o más. El caso es que no se echa nada en falta y el resultado es todavía mejor. Os dejo aquí la primera versión para que podáis compararlo.

El número uno

Cuando tienes lo que todo hombre podría desear, eres el rey del mundo. Dinero suficiente para encenderte los puros con billetes, una casa lo bastante grande como para no encontrarte con tu mujer en todo el día, un coche que todos tus vecinos ambicionan, una amante atractiva con la que disfrutar de todo ello… Sí, eres él. El arquetipo de triunfador. El número uno.

El escritorio se convierte en la mesa de juego. La ruleta empieza a girar. Todo al rojo. El crupier baraja y reparte. Subís la apuesta. Cada cual juega sus cartas. Mandan picas y corazones. Las tragaperras no dejan de sonar. Las imágenes se suceden tan rápido…

Los gemidos ahogan el repiqueteo de la lluvia fría y las ventanas se empañan con vuestro ardor. Casi inaudible en medio del desenfreno, escuchas el móvil sonar. Lo ignoras. Ya se cansará… Una, dos, tres veces… ¿Es que no piensa rendirse? Al final contestas sin abandonar del todo lo que hacías. La secretaria se retuerce debajo de tu cuerpo a un ritmo más pausado. Sonríe con malicia. Puedes ver el morbo en su rostro. No deja de provocarte.

Cuelgas el teléfono. La banca gana. Tu amante te mira confundida, aunque sus caderas te incitan. Sigue apostando. Ese montón de fichas todavía puede remontar. Suena tentador. Por un instante, recuperas algunas. No es más que un espejismo. Toca retirada muy a tu pesar.

Sus ojos te exigen una explicación. No puedes dársela. ¿Qué le vas a decir? Fuiste tan estúpido como el resto, ni más, ni menos. Te casaste con una mujer que por aquel entonces no era una vaca controladora. Más de una vez habrías querido cargártela, sin duda. Para colmo, habías metido la pata hasta el fondo teniendo un hijo con ella. No hay nada más molesto en el mundo. Pide, llora, grita y siempre requiere tu atención. Hasta en un momento como este te interrumpe. Todo porque la insoportable de su madre no ha aparecido para recogerlo. ¡Ojalá se haya pegado un leñazo con el coche.

Te levantas de la mesa sin quitarte de la cabeza todo lo que has dejado de ganar. Tu cara espanta a los conductores con los que te cruzas. ¡Putos inútiles! ¡No saben conducir! Aprietas el claxon con rabia. Las ruedas chirrían en cada frenada y dejan marcas en el asfalto.

Por fin consigues llegar al colegio. Tu hijo está bajo el tejadillo. Tiene el rostro congestionado y tirita. ¡Vaya aspecto más lastimero! Si supiera lo que te has perdido por su culpa… Aprietas el volante con fuerza y el bramido furioso de tu BMW atruena toda la calle. El chico corre sin paraguas. Está hecho una sopa. Saluda con un balbuceo ininteligible y tú replicas con un gruñido malhumorado. Todo lo que le das son órdenes: «¡Ponte el cinturón!» «¡Deja de llorar de una vez!» No estás de ánimo para aguantarlo.

Llegáis a casa y el chico se atreve a preguntar por la merienda. Lo fulminas con la mirada y le señalas la cocina. Ya es mayorcito para servirse él mismo cualquier bollo o embutido. Cabizbajo y resignado, sigue la dirección de tu dedo. Notas una punzada de satisfacción por dentro. No está todo perdido aún.

Vas de cabeza a la ducha. No ha sido tu mejor día. Solo un baño caliente puede remediarlo a estas alturas. Sin embargo, mientras te desanudas la corbata, escuchas unos ruidos extraños que provienen de tu dormitorio. Te saltan todas las alarmas. ¡Ladrones! Se han equivocado de día; se han equivocado de hombre.

Vas decidido hacia la puerta, dispuesto a hacer pisto con sus caras. Justo antes de poner la mano en el picaporte los sonidos cambian. Ese sordo ajetreo se convierte en una sucesión de gemidos. Te quedas petrificado. La verdad te golpea, dura e implacable. Te deja sin aliento. El pedestal sobre el que te erigías se acaba de resquebrajar. Te tambaleas herido en lo más profundo de tu orgullo. Eso no te puede estar pasando a ti; no le puede estar pasando al número uno.

¡Cómo se atreve a insultarte en tu cara! ¡Será zorra! Embistes la puerta. Enfilas la cama. Preparas los puños. Aprietas los dientes. Hueles la sangre y el miedo…

Pero tu olfato te falla. Ante ti, la traición. La burla. La humillación. No sabes quién es ese chico ni te importa. Solo existe ella. Disfruta como nunca la habías visto. Ella abre los ojos. Vuestras miradas se cruzan. No hay vergüenza. No hay culpa ni remordimiento. Solo triunfo…

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